La visión de horizontes planos,

con extensos prados verdes

adornados con fardos de hierba

a modo de bucles dorados.

Tierra de bretones, ¡los celtas del norte!

rudos y hospitalarios,

pisan con orgullo

su fecunda tierra.

En la finca de la Familia Belizal

se levanta, en un rincón escondido

y arbolado, una cabaña de ladrillo

que oculta el misterio más increíble.

Cuatro paredes en un lugar alejado y desconocido,

contienen los pensamientos más profundos

de André, el radiestesista, el agricultor,

el sidrero en sus ratos libres,

el mago que cada noche escudriñaba el cielo estrellado,

y se comunicaba con los zahoríes de

La Corte del Faraón del Antiguo Egipto.

Discreción, entusiasmo y pasión. Quesos y un buen vino,

se alternaban en los descansos de trabajo en el laboratorio,

junto a sus colaboradores científicos Morel y Chaumery.

En este rincón extraño para el mundo ordinario,

alejado de miradas curiosas, la vida pasó rauda,

casi sin darse cuenta, y muchos secretos se llevaron

a la tumba estos tres hombres sabios, ¿era necesario?

Con sus péndulos especiales, por ellos creados,

con seres de las estrellas se comunicaron,

y con los que levantaron las pirámides numerosos

conocimientos obtuvieron, no era uno o dos, sino cientos…

que a nadie pudieron comunicar.

Ahora que piso por segunda vez el ruinoso laboratorio

de André de Belizal y acaricio sus apolillados

e incomprensibles inventos, todo mi cuerpo se estremece

al pensar en el puro deleite que habitó este lugar.

Apenas cuatro décadas después,

asisto a la muerte de un laboratorio con sus “artefactos”,

y a las muchas buenas ideas que salieron de aquí.

Mañana en mi nuevo libro explícitas fotos publicaré,

será mi humilde homenaje visual y floral…

De los rincones, llenos de telarañas y anillos atlantes,

algunos poderosos “pensamientos forma”

creados por André, permanecen observándome.

Desde el pensamiento más profundo,

le digo a André, que llevo 40 años admirándolo,

y que me duele ver todo su equipo dañado y abandonado.

Yo lo limpiaría y en mi humilde Museo lo exhibiría,

pero de la misma manera que en mi amor por su trabajo

no hay distancias. También me sonrojo ante el misterio

de este abandono total que llena de pena mi corazón,

 pero que mi mente sí comprende. ¡Adiós Maestro André!

Me acompañaron en esta aventura, por segunda vez,

mi esposa Petri, y mis amigos-alumnos Antonio e Iñigo,

quienes comparten conmigo estas humildes reflexiones.

Leonardo Olazabal Amaral

Radiestesista y Radiónico