A PROPÓSITO DE LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA

  El pasado 29 de mayo supuso el centenario de la premiere de La Consagración de la Primavera en el teatro parisino Des Champs Elysées, con libreto de Igor Stravinski, coreografía de Nijinsky para los Ballets Rusos de Diaguilev, dirección de orquesta de Pierre Monteux, así como decorados y vestuario de Nicolás Roerich.

Su inauguración supuso un auténtico escándalo en el ámbito cultural de París por su apuesta renovadora y experimental ante un público de gustos más conservadores, a excepción de ciertas figuras de la vanguardia cultural, que se situaban en los palcos, como Debussy, Ravel, Picasso, Jean Cocteau y Coco Chanel, entre otros.

Durante estos días no han sido pocos los medios que se han hecho eco de este insigne evento, desde la habitual prensa escrita, hasta medios televisivos de todo tipo, como el longevo programa cultural “Saber y Ganar”, dedicándole un monográfico al tema.

A propósito del centenario de Le Sacre du printemps, recuerdo estos días en especial al matrimonio británico compuesto por la coreógrafa internacional Millicent Hodson y el asesor escénico Kenneth Archer, a quienes Leonardo, Petri y yo tuvimos la fortuna de conocer en una cena organizada en Londres por el Presidente de la Asociación Radiónica de Inglaterra, Peter Buxton, junto a otros ilustres miembros de este grupo de investigación de las energías sutiles.

Resulta evidente que además de los habituales temas conexionados con el mundo de la radiestesia y la radiónica, pudimos disertar largo y tendido sobre la situación del mundo del ballet y especialmente en relación con esta misma obra, donde el pintor ruso Nicolás Roerich revelaba con gran ímpetu sus grandes facetas creativas, una vez que Diaguilev le había embarcado en su campaña para introducir el arte y la música rusa en la Europa Occidental.

Nos sorprendió encontrarnos con dos personas de edad avanzada, pero que seguían disponiendo de un espíritu joven, emprendedor y experimental, que no se había perdido desde su juventud, de ahí que hayan sido ellos el alma mater después de 100 años de promocionar y retomar esta misma pieza en París en homenaje a su centenario. No sólo han conseguido que se vuelva a estrenar en la capital francesa, sino que la obra será trasladada a numerosas ciudades europeas, lo que ha generado una consistente difusión mediática y un interés creciente por los amantes del mundo del ballet.

Si en la mayoría de los países se ha retomado el proyecto de homenajear a esta obra centenaria, Kenneth como Millicent nos preguntaban por compañías y grupos de ballet en España que iban a subirla nuevamente al escenario, ante lo que tuvimos que ser sinceros y confirmar que aquí no había calado esta idea, ni que teníamos noticias de que se fuera a celebrar algún evento en esta línea, lo que en cierta manera nos produjo una sensación de indignación y resignación por la propia situación cultural que se está viviendo en este país y por la escasa atención que recaban ciertos temas culturales.

La incomprensión de este primer estreno en París debido a la música algo estridente, que se alejaba de los clásicos de Chaikovski, que Diaguilev solía emplear en sus Ballets Rusos, así como de la osada coreografía, el propio argumento e incluso los vestuarios y escenografías más cercanos al mundo de la arqueología y las culturas primitivas escitas, que tanto interesaba a Roerich, las cuales han sido dignamente analizadas en diversos artículos académicos por nuestro amigo el profesor universitario John McCannon de la Southern New Hampshire University (EE.UU.).

Estos anteriores ingredientes fueron más que detonantes para que las críticas se alargaran en el tiempo, pero ese desconocimiento y apertura hacia lo más experimental con el devenir temporal, se ha convertido en un referente de lo “nuevo”, de ejemplo impulsor de la innovación y la experimentación, y por este motivo, la osadía manifestada en aquella crucial premiere la ha permitido encumbrarse como una de las piezas más históricas del ballet. Algo así ocurrió con el estreno de la obra “Espatadantza” del célebre compositor bilbaíno Antón Larrauri en el año 1972 en el Teatro Arriaga de Bilbao.

¡Recordar para creer!   ADA ROERICH