Una obra transmite sentimientos, Y cuando es falsa ¿lo hace también?

Se supone que el arte hace mejores a las personas, pero ¿qué ocurre cuando la intención es falsificar, usurpar y mancillar la obra de un Maestro? Emular a un artista de renombre y poner su firma en el lienzo para luego envejecerlo o dejarlo enmohecer unos años, y luego venderlo como un original, eso es una estafa, una burla, una manipulación que sólo degrada a su anónimo autor y al arte en general.

Pero ¿y si se hace por diversión? ¿O por una causa justa como la de conseguir dinero para luchar contra el mal de la Segunda Guerra Mundial? ¿O incluso por devoción?

Aquí entramos en el lado oscuro de la mente humana que se hunde en lo más primitivo de nuestro origen como seres bípedos, que un día pintábamos extrañas figuras o animales en las paredes y techos de una cueva. Seguramente la ingestión de bayas semivenenosas o de desconocidos frutos silvestres exaltaban la imaginación pictórica y auditiva de nuestros lejanos antepasados. Quizás fuera una conexión natural con el reino astral o “suprasensible”, donde reside la dimensión sutil y espiritual, donde se encuentra el conocimiento y por elevación todas las verdades. Es la percepción de ese Mundo Ardiente lo que lleva al artista a crear su obra, a mostrar lo que ha visto y descubierto en un reino más elevado. Y por eso merece el calificativo de artista, de genio, y está vinculado a la Ética Viva, a la honestidad, a la bondad. Porque lo moral y lo estético están relacionados en el nivel espiritual.

Todos estos pensamientos me surgieron cuando recibí una pintura de India, supuestamente de Nicolás Roerich, que me habían ofrecido por internet gracias a mi amigo David.