Museo de la Paz

jueves
11 de marzo de 2010
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Un precioso Museo en Manhattan

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Un precioso Museo en Manhattan
El Museo de Nicolás Roerich

 Más de 25 años de correspondencia –espaciada en el tiempo– con Daniel Entin, iban a materializarse en un expectante abrazo fraternal. Habíamos tenido puntos divergentes entorno a ciertos asuntos que ya se aclararon con el tiempo, y ahora tocaba vernos las caras. No en vano él es el mayor representante de la herencia de la familia Roerich en América. Y así fue. En nuestros encuentros diarios, había paseos, silencios llenos de comunicación abstracta, risas y respuestas… muchas respuestas. Mi mujer Petri, e I–igo, que hac’a de traductor, estaban felices de vivir Žste momento.
 Este edificio construido en 1898 se halla situado en la calle 319 West 107th, y fue adquirido a petición del Maestro a través de Helena Roerich. La correspondencia mantenida con Sina L. Fosdick entre 1948 y 1949 así lo demuestra. Tres plantas de la casa están dedicadas a los cuadros de Nicolás y de su hijo Svetoslav. Aparte están los archivos, la oficina y la sección de libros. Su director Daniel Entin, cuenta con la ayuda en secretaría de la encantadora Aida Tulskaya, Gido y Natalia. También hay voluntarios ocasionales como Jean Fletcher de Canadá, que viene varios meses al año para ayudar en el Museo. Hay mucho trabajo de investigación y sobre todo de digitalización de los materiales que hay en los archivos. La correspondencia es abundante y se necesitan muchas horas al día para contestar a todos los interesados. Todo aquél que visita el Museo se mueve libremente por sus serenas habitaciones. En un hueco, hay una mesa con un ordenador para consultar los trabajos de Roerich ahora digitalizados. Todo el ambiente es muy tranquilo. Le preguntamos a Daniel cuál era su pintura favorita y nos dijo: “unas veces una, y un tiempo después otra. En otras ocasiones parece que las pinturas me regañan como diciendo: eh, hace tiempo que no te fijas en mí.”
 Pudimos ver también el piano de Sina L. Fosdick de 1920. ¡Cuántos conciertos se habrán dado en él, dedicado a los Maestros y a los Roerich…!
 En el fondo del Museo hay un pequeño jardín con un pino por el que traviesas ardillas van y vienen hasta la ventana de la cocina. Ellas reclaman su comida acostumbradas como están a las nueces y avellanas que Daniel les deja cada día. También se escucha el canto de los pájaros y en el tejado dos palomas parecen meditar junto a las ventanas que dan a los cuadros de Roerich. Ahora, al parecer, las cenizas de Sina se hallan esparcidas en el jardín junto a las de otros discípulos/as y colaboradores/as. ¡Qué solemne y natural es este sitio! Mandamos nuestros mejores pensamientos y tras hacer unas fotos, salimos del jardín para admirar muchos de los objetos budistas procedentes de la famosa expedición al Corazón de Asia.
 Los días fueron pasando… completamos nuestros proyectos y fuimos premiados en varias ocasiones, también hubo intercambio de regalos. Pero lo mejor de todo fue ver nuestro “propósito común” y la necesidad de aclarar cosas, ahora que Roerich está cobrando tanta fuerza e importancia en el mundo, y que ávidos “cazadores de éxitos” buscan renombre escribiendo -cualquier cosa– sobre los Roerich. Reforzaremos este puente con nuevas visitas… sueño con ello.

Se dice que cada uno tiene su Nueva York, el nuestro es el Nueva York de los Roerich.

   Leonardo.

 

 

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