Nikola Tesla 1904 artMi tercer viaje a la ciudad de Nueva York

 

Verano de 2013

  Empieza el gozo. Estoy en Nueva York, ciudad envejecida de calles tostadas por el clima y las heridas. Con sus edificios hieráticos que esconden vida, trabajo y sueños. Crisol donde se mezclan las auras de distintas razas.   Grandes ríos de taxis amarillos cruzan sus avenidas cargados de prisas y encargos. ¡Lléveme al Master Building donde los sueños de Roerich fueron rotos! O mejor aún, diríjase al Museo Nicolás Roerich donde el tiempo parece haberse detenido.   Y una vez embelesado

por la luz del Maestro Ruso, regresar al Bryant Park, para descansar en sus sillas y jardines de estilo clásico francés.  Aquí, la mente se calma rauda y la brisa trae la vibración  avatárica (quien tiene un rol definido cuasi divino que ha de producir un impacto en la civilización dormida)  de alguien que conoció bien este parque.   Se trata de Nikola Tesla, el amigo de las palomas y del gran Suami Vivekananda.

Pronto me invade la luz del Akasha (la esencia de todo, el éter cósmico) sobre la que Tesla meditaba, y mi mente se llena de sutileza, sencillez y formas abstractas que se combinan con números que se repiten como el 333. Ahora se que debo visitar su derruido laboratorio donde un día se levantó su famosa torre, con la que tantas veces he soñado: Wardenclyffe.

 

Para saber más ver el vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=WGNHqVIi7Ds&feature=em-upload_owner-smbtn

 

Leonardo Olazabal A.