OLYMPUS DIGITAL CAMERAUn pueblo tranquilo del País Vasco que ve nacer una novela desde el corazón mismo de un caserío con varios siglos de antigüedad y hoy Patrimonio Artístico y Cultural.

Su autor, vecino del municipio, nos habla de valor, humanidad, esperanza y paz, fruto de la buena sensibilidad y educación de padres y abuelos que a la sombra del viejo Baserri inculcan con paciencia a hijos y nietos su amor por la tierra y el mundo. …

Tras ello venía el descanso de las primeras horas de la tarde, el momento en el que el abuelo Antonio aprovechaba para encender de nuevo su pipa (la mayor parte del tiempo dejaba que se le apagara) y descansar así a la sombra del caserío.

Para entonces Amaia ya había hecho la mayoría de las compras y se acercaba a la confitería Santiaguito, donde era menester comprar los caramelos gigantes que gustaban tanto a los niños, caramelos que se derretían en las manos y por las que se chupaba hasta el papel para no dejar nada en el envoltorio del preciado dulce.

El abuelo, como un niño más, prefería comer las aceitunas negras que le traían en grandes jarras de barro y que guardaban en la despensa. Seguidamente acostumbraba a tomar un vaso de vino tinto mojando pan en él.

Más tarde, cada vez que le dolían las tripas, no había quien estuviera a su lado por el olor nauseabundo y aceitoso que dejaba en el aliviadero. Tenía la costumbre de acariciar a sus nietos pellizcándolos. Pellizcos que con sus gruesos dedos de tallador de piedra producían sin querer pequeños moratones en la piel de los niños. Las risas burlonas, carreras, gritos, lloros y alegrías llenaban de jolgorio el exterior del caserío. Serenados los ánimos, la abuela terminó de zurcir los calcetines y remendó algún trapo de cocina. Entonces Aketza se le acercó y le dijo: —Abuela, cuando he ido con Cristina a por agua estaba Susana, que, como sabes, tiene la edad de mi hermano León.

La mandan con un burro y cuatro grandes cantinas para que las llene de agua. La pobre no puede y agotada con la primera cantina se suele quedar dormida junto al manantial sobre una piedra que hay allí para descansar. Nosotros hemos aprovechado y le hemos llenado las cuatro cantinas, además de las nuestras.

¿Hemos hecho bien, abuela? Esperanza miró con compasión a su nieto y le dijo: —Si Dios creó al ruiseñor para alegrar el jardín, tú has venido a este mundo para alegrar mi vida. Nunca te arrepientas de ayudar a los demás. Cristo dijo: «La alegría y la felicidad está en dar más que en recibir.»

Hay mucha gente que vive en las sombras y para ellos la vida es muy difícil, pero algún día serán adultos y como las aves del Paraíso serán tan hermosos que habrán desarrollado hermosos colores y unas fuertes alas para conocer el mundo…

La abuela miraba a los ojos de Aketza en forma regia y dulce a la vez para ver si podía comprender lo que le decía. Y añadió mientras tocaba con el dedo índice el pecho del niño:—Todo lo que salga de tu corazón será siempre hermoso y bueno. Lo que has hecho es muy bonito, una acción de gran belleza.
Aketza sonrió de felicidad y buscó cobijo en los brazos de la abuela; ésta le abrazó dulcemente…Continúa en la novela “La Colina de laurel y Kalagiya, el Canto de Shangri-La”.Disponible a partir del mes de Marzo. Edita “Letra Clara”¡Resérvala en tu librería!