El Mini-Balneario de Ereño (Bedia) en la novela de “La Colina de Laurel” de Leonardo Olazabal. La madre y el padre bajarían andando hasta el balneario de aguas sulfurosas (Uratza) conocido como bañu-etxe (casa de baños) junto al río Lekubaso («lugar del bosque») a las faldas de Ereño… …

Desde hace unos años se hallaba cerrado al público, ya que se había convertido en un «lugar de encuentros», donde ciertos señoritos de la ciudad se hacían los encontradizos con sus amantes… Desde aquí cogerían un carro que les llevaría con los bultos de viaje hasta el pueblo y de éste al tranvía para dirigirse a la ciudad de Bilbao.

Los abuelos Esperanza y Antonio se harían compañía. Él apenas alcanzaba a dar de comer a los animales de la granja; lo hacía con paso pausado, protegiendo su abdomen y riñones con una larga faja negra que tenía más de seis metros de longitud y que la abuela enrollaba, mientras él daba vueltas, con sumo cuidado a su alrededor.

El abuelo parecía así un barril de vino, con su boina caída siempre del lado de la oreja derecha… ¡como buen guipuzcoano! Con su pantalón de pana color marrón (el color de la tierra de la huerta) y su blusón de cuadros azul índigo y blanco, ya estaba preparado para desgranar con sus dedos (gordos como morcillas) los granos de maíz que a pellizcos extraía de la panotxa para deleite de gallinas y patos. La abuela se dirigía a él en euskera; era hermoso oírles hablar con su peculiar estilo guipuzcoano.

El abuelo Antonio no era un buen tertuliano, pero sí un agudo observador. Le gustaba mirar las costumbres de los animales y de todo cuanto ocurría a su alrededor… …Lo he mandado hacer con antiguas monedas de plata precisamente de esta zona del País Vasco, monedas que compré a una persona cuando visitaba el balneario ya cerrado de Arbieto en Orduña.

Aunque a mí el balneario que me gustaba (por pequeño) era el Bañu-etxe junto a Lekubaso, al pie de esta Colina de Laurel. Lo conocí hace casi dos décadas; tenía dieciocho habitaciones. Siempre me tenían reservada la que estaba al lado de la cocina, al fondo de la casa y pegado a la roca del monte.

Su gran pasillo con habitaciones a ambos lados atravesaba el edificio a lo largo; ¡a veces parecía un pequeño cabaret parisiense! A mí me venía bien conocer a personas de toda esta región y poder hablar de la industria de la madera. Allí aprendí a jugar a los bolos en el bolatoki y paseaba por los montes de Upo, Mandoia y sobre todo por esta hermosa Colina de Laurel, ¡Ereño!…