Desaparecen genios de la moda, la literatura y el arte / El espíritu revolucionario de un yogui, y el poder Supramental de La Madre, Mirra Alfassa

Por RAI

Desaparecen genios de la moda, la literatura y el arte

A pesar de la ocupación alemana la vida en la ciudad de París parecía casi normal, de no ser por la presencia de los numerosos vehículos y camiones llenos de soldados nazis que circulaban por la ciudad con el beneplácito del régimen antisemita y de extrema derecha de Vichy. Un estado títere dirigido por las fuerzas de ocupación del tercer Reich.

Había ambiente en las cafeterías, cines, teatros y cabarets. Los alemanes tenían órdenes estrictas de ser corteses con los franceses (sólo al principio) y en una extraña simbiosis crearon subvenciones para fomentar el teatro y la cultura en la ciudad de las luces. Aún así, se evitaba frecuentar los lugares donde estos tenían sus fiestas, generalmente en lugares populares o en sitios de lujo como el Hotel Ritz (Centro de Operaciones de las fuerzas alemanas). Por otro lado, era habitual que si no se cedía a sus pretensiones te acusaban de cómplice de la Resistencia, y había que evitarlo.

Muchos artistas se quedaron en París y tuvieron que lidiar con los alemanes. Unos a regañadientes como Edith Piaf, otros –al parecer– con sumo grado, como Coco Chanel, Maurice Chevalier, Jean M. Cocteau, Louis-Ferdinand Céline, André Derain, Maurice Vlaminck… quizás había que adaptarse al cambio, y caminar con el enemigo para poder simplemente… ¡vivir!

Pablo Picasso se pasó la guerra confinado en su estudio de París donde fue visitado por oficiales nazis. Otros se mantuvieron en la clandestinidad, y los que pudieron se marcharon a Nueva York.

Aun así, la vida continuaba, pero cada vez con más tensión.

   Nuestros amigos, Didier, Juliette y una antigua amiga, Sophie, cuyo nombre significa “sensibilidad e intuición”, cogían un taxi para ir a ver a unos amigos en la casa más antigua de la ciudad situada en el 51 de la calle Montmorency.

Se bajaron en la Rue del Temple, que estaba al lado, ya que la calle era de dirección prohibida. Las farolas de luz –sujetas a las fachadas– se encendían anunciando la llegada de la noche.

Didier vestía con un traje azul oscuro de doble botonera al igual que el chaleco, una corbata negra con topos o lunares blancos sobre una camisa de un azul claro, y zapatos Oxford de dos tonos.

Didier reía a la vez que se sujetaba el sombrero ante las ocurrencias de sus dos amigas. Ambas le cogían cada una de un brazo y lo zarandeaban delicadamente intentándole sacar un sí ante la propuesta de un viaje a la Provenza. En el Sureste de Francia apenas se veían a los soldados nazis, y tampoco patrullaban las calles como sí lo hacían en París.

Juliette llevaba su abrigo favorito de lana color vino, cubriendo un discreto traje de rayas con hombreras, entallado en la cintura y con falda tipo tubo hasta la mitad de la pantorrilla. Los zapatos de tacón alto, bolso y un sombrero ladeado en la cabeza completaban su atuendo para una velada nocturna.

Sophie, diez años más joven que Didier, y quince que Juliette, mostraba un cuerpo delgado y grácil. Llevaba un vestido de satén ajustado en la cintura y con dobladillos que llegaban casi hasta el suelo. Su espalda quedaba al aire. El cabello liso hasta la nuca caía luego formando grandes bucles de un rubio rosado sobre sus hombros y espalda desnuda. El vestido de un color cobrizo-naranja con un cinturón, zapatos y bolso a juego, iba cubierto por un abrigo de lana color ámbar que dejaba caer de un hombro en forma graciosa.

Sophie no era una chica frívola, leía muchos libros y hablaba correctamente el idioma inglés. Su belleza natural no despertaba una mueca glacial, sino todo lo contrario. Tierna, cariñosa, y algo retraída –sobre todo con sus sentimientos– le daban un toque de delicada dulzura. Una dulzura que desaparecía cuando veía algo injusto, ya que no soportaba la maldad.

Tras caminar un rato, y al dar la vuelta a la esquina para enfilar la calle Montmorency, se detuvieron. Al fondo de la estrecha calle un vehículo negro con dos banderas, la nazi y la francesa, iba rodando muy despacio. Las ventanas debían de estar bajadas a juzgar por las armas que sobresalían de ellas. Y lo que es peor, no había más gente en la calle.

Juliette dijo: –no os preocupéis, yo me adelanto.

Sophie <<empezó a temblar>>. Didier, al ver que todo su cuerpo flaqueaba, la apoyó en la pared bajo la farola de luz. Su tez estaba blanca. Entonces, Didier la abrazó. Tocó su cabello ondulado entrelazando sus dedos en él, mientras que la otra mano la apoyó en la cintura.

Ella lo abrazó con fuerza mientras su respiración buscaba calmarse. Pronto la fragancia delicada de su perfume de Helena Rubinstein envolvía ahora a los dos.

Sophie admiraba a Didier y no lo ocultaba, pero nunca había estado tan cerca de él como en ese momento. Sentía tanto temor que quería ocultarlo apoyándose en el pecho de él.

Mientras tanto Juliette ya estaba a la altura del coche alemán. Ella saludó cordialmente. El chófer francés hizo lo mismo, bajo la atenta mirada de un alto cargo alemán y los dos escoltas sentados en la parte de atrás, separados ambos por una caja de madera llena de botellas de vino.

El alemán preguntó a través del chófer si los que se quedaron atrás eran sus acompañantes.

–Sí, sí, contestó Juliette.

–¿Qué hacen parados?

–C´est l´amour!

El alemán hizo el gesto de continuar la marcha, a la vez que el chófer se despedía de Juliette.

Didier y Sophie, seguían abrazados mientras sus mejillas se tocaban. Poco a poco los labios de Sophie, delicados como pétalos de rosa, y tembloroso su carnoso labio inferior –el cual denotaba una oculta sensualidad– se desplazaron hasta la barbilla de Didier acariciándola. Luego, olvidando los escalofríos vividos, sus bocas se iban a encontrar, el aliento de ambos se volvía uno, y cuando sus labios comenzaban a rozarse, el ruido de una frenada de coche les detuvo.

Una voz germana salió del vehículo:

–¡Franceses! –Voz que sonó como a ¡libertinos! Y seguido aceleraron hasta dar la vuelta a la esquina.

Sophie les contestó: –L’insolent «fait la nique»! (¡El insolente “hace la mierda”!).

Didier hizo amago de taparle la boca, y entonces se echaron a reír. Las mejillas de Sophie ya estaban sonrojadas otra vez y más animada también, ¿por qué será?

Cuando ya estaban a la altura de Juliette, ésta les dijo:

–¡Pero bueno criaturas! ¿Estáis bien?

–Sí, sí, –contestaron los dos a la vez mientras sonrían sin parar.

Tocaron la puerta y les abrió Jolie, que significa “Alegría y Belleza” y su marido Gérard “El guardián valiente”, ambos viejos amigos de Juliette.

   Tras presentarse, pasaron a enseñarles la casa, no en vano fue el famoso albergue del alquimista Nicolás Flamel. Las vigas, techos y escaleras de madera daban una sensación de calor entrañable y hogareño. Didier y Sophie conocían este lugar pero nunca habían estado dentro. Pronto se acomodaron alrededor de una gran mesa de madera. Didier sacó una bolsa de té de su viaje a Inglaterra.

–Este té nos mantendrá despiertos toda la noche –dijo Didier.

–Y este champagne también –dijo Gérard, mostrando una botella en cada mano.

Jolie trajo una bandeja con porciones de un excelente foie gras hecho por un familiar suyo, además de unas hogazas de pan rural que cada vez era más difícil de conseguir.

   Tras el pequeño ágape, se sentaron en una sala donde cómodos sofás acogían a los invitados. Un pequeño piano y varias mesitas con revistas, diarios y fotos, además del dibujo de Nicolás Flamel orando, adornaban el lugar. El toque de queda era a las 10 de la noche y por ello era costumbre quedarse hasta el amanecer que era cuando se reanudaba la actividad de la ciudad.

Se hablaba de los nuevos acontecimientos, de los amigos desaparecidos o huidos de la guerra, del miedo de los ingleses al ataque de las bombas aéreas alemanas, y de los acontecimientos violentos en los países vecinos. Comentaban el frenético y extraño interés alemán en crear numerosas rutas de vías de tren por toda Francia. Más de 15.000 vías se contabilizaron al finalizar la guerra.

Más tarde se supo que además de trasladar soldados, armamento, y víveres, los vagones para el ganado servían para expoliar todo tipo de obras de arte. Y lo que es peor, detrás de todo ello había un plan algo más siniestro: la deportación oculta de judíos, poetas, homosexuales, prisioneros y lo que la Gestapo consideraba despojos sociales, es decir, gitanos, tullidos y enfermos mentales. Algo sin duda siniestro. Una indecente tragedia humana.

Nuestros amigos cuidaban las palabras en sus tertulias y se centraban más que en lamentar, en intentar ver o reconocer los próximos movimientos del enemigo. No, no eran espías, ni nada por el estilo, sino simplemente ojeadores invisibles de las energías en juego.

La velada transcurría con dulces, té, charlas sobre libros, y con recitales de piano que Gérard tocaba con gracia y soltura.

Mientras tanto en Pondicherry, India. El yogui Sri Aurobindo explicaba a los más ancianos la necesidad de ayudar a los ingleses en su guerra abierta contra la Alemania nazi.

El espíritu revolucionario de un yogui, y el poder Supramental de La Madre, Mirra Alfassa

     Sri Aurobindo, revolucionario, pensador, poeta y yogui, conocía muy bien las revoluciones de Europa y América. Declaraba, junto a La Madre, estar a favor de los aliados de la guerra contra Alemania. Consideraba la defensa personal y la nacional como legítimas, para luego añadir:

     “Yo no soy ni un moralista impotente ni un pacifista débil”. Y añadía: “El hombre no puede avanzar en la vida sin defender los principios morales que dan sentido a nuestra existencia física, mental y espiritual”. Esta actitud de Sri Aurobindo de defender a Inglaterra era algo que no podía ser comprendido cuando la India era aún dominada por esta potencia colonizadora. Sri Aurobindo, decía: “Si la Alemania nazi gana a Inglaterra ¡pronto llegarán a nuestras fronteras y se hará con toda la India! ¿Acaso vais a defenderos solo con la fuerza del alma? ¡Mientras alcanzáis ese grado de eficacia la maldad demoniaca de esos hombres os aplastarán, violarán, asesinarán e incendiarán como hoy ya lo estamos viendo! Y lo harán de forma cómoda y sin estorbo alguno. No basta con tener las manos limpias y el alma inmaculada, para que esa maldad desaparezca del mundo. Recordad, la inercia a rehusar los medios de resistencia al mal, hace mucho más daño que el principio dinámico de la lucha”.

Una vez más el ojo del yogui tiene la cualidad de proyectarse sobre el futuro y ver lo esencial en un momento dado.

La pregunta ahora es: ¿estaremos preparados los estudiantes espirituales en el futuro, ante horrores semejantes, para responder a la tiranía?

Mientras tanto, Madre, practicaba poderosas técnicas de yoga para traer el Mundo de lo Supramental a la Tierra. No buscaba la iluminación, no la necesitaba, no actuaba para sí misma. Ella recibió la plena y constante Unión con la Presencia Divina a la edad de 20 años.

Trabajaba para atraer a nuestro mundo, un Nuevo Plano de Existencia Superior y de Conciencia.

Madre, nació en París, la ciudad de los grandes impresionistas, fuente cultural de artistas siempre a la vanguardia de los grandes acontecimientos. De padre judío-turco y de madre judía-egipcia, eran una familia de clase media-alta.

Interesada en el arte, el tenis, la música y el canto, a la edad de 14 años se había leído casi la totalidad de los libros de la biblioteca de su padre.

Viajó y conoció mundo. Ahora en India, su presencia y su elevada realización interior atraían a muchos buscadores.

Ella y Sri Aurobindo crearon escuelas de yoga para niños para que se eduquen en la flor espiritual y en la ética, y sean grandes seres en el futuro.

Madre, cuando se retiraba a su habitación, meditaba o dormía, solía salir conscientemente fuera de su cuerpo físico y se trasladaba astralmente a París. Este hecho le suponía un gran trabajo ya que en esa dimensión su conciencia se podía extender como un hermoso manto de seda de luz, y cubrir la ciudad entera para protegerla. Con ello generaba fenómenos psíquicos de nieblas repentinas que impedían que la ciudad fuera atacada. Los ingleses en el intento de dañar las infraestructuras alemanas acostumbraban a bombardear sin piedad las ciudades, consiguiendo tan solo que hubiera más víctimas entre la población civil que entre el enemigo. Algo sin duda deleznable.

Lo que ocurría al otro lado del mundo material era que las almas de los niños muertos, mujeres y hombres en shock, se aferraban al manto de luz pidiendo consuelo mientras absorbían su amorosa energía. ¿Qué hacer? ¿Acogerlos a todos y llevarlos a su correspondiente plano de luz y retirar su escudo protector de la ciudad? ¿O atenderlos a cada uno de ellos?

Cada vez eran más los que se acercaban hasta su plano de realidad. Venían como almas en pena que deambulaban sin saber qué había pasado, y tras tocar a Madre, salían como chispeantes luciérnagas cargadas de amor hacia su siguiente destino; eran cientos y cientos… Exhausta, volvía a su cuerpo y salía de la habitación para cumplir con sus deberes en el Ashram junto a Sri Aurobindo. Y así muchas veces.

Madre, desde niña salía ya de su cuerpo y con su aura dorada atraía durante el sueño a gente moribunda y enferma que le contaba sus miedos y desgracias. Tras recibir su amor, regresaban a sus cuerpos reconfortados y muchas veces se levantaban al día siguiente curados para sorpresa de sus allegados.

Hay muchas grandes mujeres en la India y en Occidente que son unas completas desconocidas en este campo de servicio. Pero Mirra Alfassa fue sin duda un fenómeno extraordinario.

                                                                                                                                                                      Continuará…

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – V

Prosigue la velada de nuestros amigos hasta el amanecer / Mujeres occidentales extraordinarias y poco conocidas