Archivos por Etiqueta: La Médium

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – VII (Género fantástico)

                La reunión va finalizando en el Petit Hôtel de París

  Por RAI

Tras un descanso, el grupo de amigos reparaban en las lecturas celebradas y en el trabajo esotérico realizado. Ahora estaban sincronizados con unas energías de conciencia tan altas como bellas. Cada uno conservaba su propia personalidad y libertad de expresión que servían de estímulo y crecimiento a los demás en una coherencia de corazón y de mente propia de los discípulos avanzados. El Rayo de la Personalidad y el del Alma de cada uno de ellos tomaba colores y tonalidades de hermosos matices espirituales a la visión del Maestro Superior que les guiaba. Maestro que desde el Reino Invisible, apreciaba como nadie las notas de humor de cada uno de ellos, y su capacidad para atraer el magnetismo de la Piedra meteorítica Chintamani. Piedra Shambálica que magnetizó la kundalini del antiguo Meridiano Cero de la ciudad, para con ello atraer, estimular y elevar la conciencia de artistas, ingenieros, diseñadores, arquitectos y escritores tras la Primera Guerra Mundial. París, en los años 20 y 30, mostraba talento, aires de libertad y una gran energía creativa -al igual que en la ciudad hermana de Nueva York- influyendo al resto del mundo. Ahora nuestros amigos y tantos otros grupos esotéricos y ciudadanos de Buena Voluntad despertaban cada mañana con la idea de recuperar todo lo perdido.

En una calle-jardín de París

En un momento dado Sophie dijo:

–¡Qué bonitas las lecturas que habéis hecho! Se me ocurren muchas preguntas, pero me mantendré expectante a que se vayan respondiendo por sí solas al mantener mi fidelidad con vosotros. El amor por la lectura y más por este nivel de aventuras espirituales y de filosofía hermética me resulta de lo más iluminador. Le da sentido a la vida ¿no os parece?

–Todos esbozaron su mejor sonrisa.

–¿Quéee? Me ha gustado mucho, y este té de Darjeeling está delicioso –comentó, para luego añadir–: Bueno, ya me callo.

–Puedes decir todo lo que quieras –dijo cariñosamente Collete, dueña del hotel.

–Me apena mucho todo lo que está ocurriendo, y parece que nunca va a acabar –dijo Sophie. Luego mirando a cada uno de ellos, añadió–: La guerra es una frivolidad y ésta no debe distraernos de las cosas que son realmente serias. Es lamentable cómo cada día hay más franceses que son colaboradores de los alemanes, y ante la persecución antisemita muchos franceses miran para otro lado. Estoy desolada y solo quiero marcharme de París, pero ¿dónde ir?

–Ven al sur conmigo –dijo Didier.

–¿A la Provenza?

–No, a Biarritz.

–Allí hay muchos intelectuales y artistas antinazis, también judíos que buscan huir a Portugal ?dijo Juliette.

–Sí –añadió Didier–. A la Provenza no se puede ir, han construido numerosos campos de internamiento con miles de prisioneros entre los que se encuentran refugiados españoles, judíos y gitanos. Son lugares de sufrimiento en donde sobreviven de forma infrahumana. Hay también zonas ocupadas por soldados italianos ?Luego añadió?: De momento Biarritz no es peligroso, al menos no como en San Juan de Luz, que hace frontera con Irún en España, un país supuestamente neutral como Suiza pero que no lo es. Y luego está la frontera de Canfranc en el Pirineo Franco-Aragonés, infectado de nidos de ametralladora y bunkers, donde se halla la Estación Internacional de Ferrocarril, que junto con Zaragoza y San Sebastián son nidos de espías, soplones y de agentes que colaboran de un lado y del otro.

–Yo allí no voy. Para eso me quedo en París –sentenció Sophie, apretando los dientes.

–Henri y yo –dijo Armand– nos vamos unos meses a Bretaña. Vamos a recorrer la costa desde Saint-Malo hasta Trégastel. Iremos también a Morbihan, donde conozco a dos radiestesistas que hablan de las Ondas de Forma y su influencia en el ambiente o espacio. Se trata de un conocimiento secreto proveniente del Antiguo Egipto, según contó en una conferencia en la Asociación de Radiestesistas aquí en París antes de la invasión. Lo que quiero decir es que, si quieres puedes venir con nosotros.

 

Libro Chintamani

Libro Chintamani

Juliette enseguida dijo:

–Ahí sí que hay que tener cuidado. Los alemanes tienen una gran concentración de tropas, bunkers, cañones y observatorios a lo largo de todas las playas de la costa que mira al océano Atlántico, ya que tienen como objetivo defenderse de una posible invasión de nuestros aliados ingleses. Además maniobran para llegar a las costas y ciudades de Inglaterra con sus famosas bombas volantes, todas esas zonas están militarizadas.

–Mon Dieu! –exclamó Sophie, para luego añadir–: Me quedo aquí con vosotros, a pesar de la inseguridad que se respira en París.

–Vale –dijo Didier–. Volveremos a reunirnos dentro de unos meses, no más de las seis personas que estamos aquí. Si hace falta nos reuniremos de dos en dos, unos días unos y otros días otros, y continuaremos con prudencia nuestros trabajos psíquicos como sabemos. Os avisaré cuando yo pueda de nuevo reunirme y traeros información. Tened cuidado con los comentarios por teléfono. Si queréis, para decir que todo va mal o que es peligroso, haremos referencia a la ropa vieja. Y para indicar que todo va bien haremos referencia a ropa nueva. ¿Estáis de acuerdo?

–Sí –dijeron todos. Y así se despidieron saliendo en grupos de dos en dos, con intervalos de 3 a 5 minutos cada uno.

París, cada vez era una ciudad más extraña y controvertida. En los cafés se podía ver a los oficiales sentados al aire libre leyendo periódicos mientras soldados de uno y de otro bando saludan al pasar frente a ellos. Aún así, tanto los alemanes como los franceses -que estaban obligados a una mutua colaboración- no se fiaban de nadie.

En la calle se mezclaba un ambiente de semiclandestinidad junto a la pobreza y a la vestimenta de las clases altas. El gentío camina sin rumbo fijo, solo por el placer de mirar, ya que para algunos no había nada que hacer salvo vivir un día más. A veces, el clamor y la curiosidad se avivaba al ver el rodaje de documentales o de cine en plena calle. Los negocios al pie de las mismas componían la totalidad de la escena de cada día.

Todo el mundo aplicaba sus mejores dotes para trapichear y poder llevar algo de comida a casa. Luego, con la caída de la noche y ante el toque de queda, las calles se quedaban totalmente vacías.

En los suburbios las ratas dejaban sitio a los sintecho. Los gobernantes de toda Francia eran títeres de una fuerza mayor y de su propia estupidez. Al ciudadano de a pie sólo le quedaba obedecer y obedecer. Con este panorama humano y social ¿que se podía esperar del futuro?

Gandhi afirmaba con tristeza en 1947:

NI LA VIOLENCIA NI LA NO-VIOLENCIA
ALCANZAN LA FUENTE DEL MAL

 

Apenas unos pocos años antes, París parecía estar en la misma tesitura ¿Qué hacer? Solo una fuerza Suprafísica podía actuar en favor de la vida física.

Nuestros amigos de París, en India y en Bélgica ya estaban trabajando en ello de acuerdo a las cualidades de cada uno de ellos.

Sólo cuando se domina nuestra naturaleza interior se domina el mundo exterior, eso afirma al menos los Yogas Superiores. No hay remedio que convierta el vinagre en agua de rosas, pero sí al revés. De ahí que sea necesario trabajar y actuar para que nadie avinagre nuestra vidas. Se requiere primero curar la base del hombre, transformarlo y convertirlo en un ser pensante libre y luminoso. Si se quiere eliminar a la Bestia de la mentira, al Destructor de la humanidad, hay que educar a cada ser humano y evocar a las Fuerzas Superiores y entonces y solo entonces, lo demás vendrá por añadidura.

Didier y Sophie se marcharon juntos.

Agarrada al brazo de Didier, Sophie dijo:

–¡La vida es una tortura cuando está desprovista de significado!

–Debemos de confiar –le contesto Didier mientras alzaba la mano a un taxi que pasaba por la calle.

Ya en él, Sophie se acercó al oído de Didier para decirle:

–Déjame ir a tu piso.

–No, Sophie. Aunque vivo solo, no es una buena idea. Tengo que madrugar para recoger unos documentos importantes para llevar a Lyon a que los firmen en los próximos días, entonces bajaré hasta Biarritz, como ya he dicho al grupo.

Sophie, se quedó silenciosa y cabizbaja.

Didier, indicó la dirección al chofer. Luego, con su dedo índice levantó cariñosamente la barbilla de Sophie y mirándola a los ojos le dijo:

–Aguardo el momento de estar contigo todo un día. Pasear, comer y cenar juntos, lejos de problemas y de los desafíos diarios. Solos tú y yo, ¿te parece bien?

–Sí, claro, pero… ¿Qué es lo que te preocupa Didier?

–Nada importante. Sólo quiero resolver este viaje, que quizás sea un tanto peligroso.

–¿Peligroso has dicho?

–No, no quería decir eso, sino… ¡delicado!

–Didier, ¿qué es lo que pasa? ¿no confías en mí?

–¡Claro que sí criatura!

–¿Entonces?

Didier hizo un silencio, mientras Sophie tiraba de su brazo cariñosamente.

Son cosas del trabajo, nada más –contestó.

El taxi paró, y tras bajarse, Didier acompañó al portal de la casa de Sophie. Una gran puerta de forja ornamental y acristalada daba paso al lujoso interior del mismo, donde el portero daba la bienvenida a ambos. Tras retirarse éste, Sophie se echó en brazos de Didier besándole en la mejilla. Didier, la abrazó fuertemente y a la vez en forma contenida. Tenía cierto miedo en hundirse en los éteres de su gracia y belleza. Sophie se retiró y con ojos húmedos le recordó que cuando regresara de ese viaje estarían todo el día juntos. Asintiendo éste con la cabeza mientras se retiraba para ir a su piso situado a unas manzanas de allí.

Didier, mientras llegaba a su hogar pensaba:

–Poderoso Dios ¿por qué pones esta adorable y joven criatura en mi camino? ¿Qué tengo que aprender de ella y qué puedo yo enseñarla?

 

En el despacho de abogados

Biblioteca Despacho Didier

La secretaria del despacho de Didier anunció la visita de tres personas del Gobierno Parisino.

–Buenos días, pasen ustedes –dijo Didier.

–Buenos días dijeron todos al unísono.

Seguido Didier pidió a su secretaria que los demás trabajadores del despacho se mantuvieran sin hacer excesivo ruido, y que no se abriera la puerta, tanto la de su despacho como la puerta principal, hasta que él finalizara.

–Gracias Monsieur Didier por la discreción. Tenemos dos coches vigilando la calle –dijo uno de ellos, mientras que el otro agente añadía: –Nos envía…

–¡No por favor, nada de nombres! Ya sé quién les envía y tengo referencias de cada uno de ustedes. Sé que quieren hacerse con un contrato de varios miles de botellas de champagne para que sean enviadas a Alemania cada año. Mi despacho buscará un contrato que les beneficie a ambos.

Luego con cierta socarronería añadió:

–No esperarán dejarnos sin champagne a los franceses ¡una cosa es la guerra! ¡pero otra bien distinta es no tener una copa de ese burbujeante líquido de oro que llevarse a la boca!

–Los agentes franceses se quedaron petrificados… el dirigente Alemán que era un General vestido de paisano, tras un breve silencio, se echó a reír, mientras se atusaba su largo bigote gris.

–¡Me gusta este hombre! –añadió en francés pero con un deje alemán mientras reía, risa que terminó por contagiar a todos.

–No colaboro con ustedes por la minuta sino porque me lo ha pedido un amigo al que respeto y… ¡por el champagne claro está!

–Jajaja, ¡me gusta este hombre! volvió a decir, como si no supiera más frases que pronunciar en francés.

Uno de los agentes hizo una señal al otro, y éste posó con cuidado un maletín negro sobre un tapete de piel verde, junto al plumero de oro y tinta china situados en la mesa de Didier. La abrieron y extrajeron tres carpetas, un sobre, y otro maletín más pequeño.

–Aquí tiene los contratos redactados por su amigo –dijo el alemán, para luego añadir:  –Ahora le pedimos que los verifique usted. Uno lo traerá con la firma y sello de la Bodega.

Didier lo miró con detenimiento.

–Está todo correcto. Me han presentado ustedes dos sobres y ¿el tercero de qué se trata?

–Éste no lo puede abrir. Se lo dará a la persona que detalla el sobre en la Jefatura de Lyon, no necesita saber nada más –dijo con gesto serio el alemán.

Seguido un agente le mostraba el sobre pequeño.

–Aquí tiene un salvo conducto para moverse por toda Francia, sin límite de horarios.

El otro agente abre el pequeño maletín.

–Tiene también permiso para llevar esta pistola y dos cargadores, procure ser discreto.

–¡Pero yo no he disparado nunca y ni sé hacerlo!

El alemán arrebató la pistola al agente y dijo con tono enérgico:

–¡Es fácil! Primero cargar pistola, luego bajar el seguro como bajar bragueta del pantalón, luego apuntar bien y disparar todo el cargador ¡¡¡como en un orgasmo!!! Jajaja, reía su gracia mientras todos callaban.

Didier, pasaba la mano por su frente como para borrar esa escena tan frívola y desagradable protagonizada por un alemán que seguramente escondía sucias historias en su mente.

–Despachos importantes como el suyo, banqueros y joyeros llevan permisos para portar esta arma francesa, la “Pistola 625” semi-automática, –dijo uno de los agentes.

–¿Francesa? –gritó el alemán–. ¡Querrá decir la excelente y bien calibrada pistola que nosotros hemos hecho en vuestros talleres -ahora de Alemania- a partir de vuestro Modéle 1935!

–Está claro que la industria alemana se posiciona como la mejor de Europa, y esto es bueno para todos, –dijo con firmeza Didier.

–Jajaja, ¡me gusta este hombre! –todos rieron.

–Se parece usted –añadía el General señalando con el dedo índice a Didier–, al cómico del cine mudo Max Linder, con su bigotito casi iguales, jajaja –luego añadió–: –Si se lo recortara un poco a cada lado del mismo se parecería a nuestro ¡Führer! –Y volvió a soltar carcajadas que se oían al otro lado de las paredes.

Luego se despidieron tras quedar en avisarse por teléfono cuando los contratos fueran firmados y el sobre entregado.

Max Linder era el nombre artístico de Maximilien G. Leuvielle. Era francés y había muerto en forma trágica en el año 1925, quizás a raíz de las secuelas dejadas por los gases asfixiantes que respiró cuando se alistó en el ejército de su país en la Primera Guerra Mundial. De aspecto distinguido fue el actor cómico de cine mudo mejor pagado de toda Francia. Marchó a EE.UU. en 1916 para hacer varias películas y enseguida volvió a París. No sin antes dejar una profunda huella en la persona que más tarde se la conocería como Charles Chaplin, quien manifestó ser discípulo suyo y al que llegó a copiarle sketch de sus películas y parte de su vestimenta.

Didier viajaría al sur de Francia. Primero a Lyon en la llamada zona libre, donde se encuentra el régimen colaboracionista de Vichy. Antes había quedado con Juliette, la médium, y le puso al corriente de que en su despacho se habían reunido con un dirigente alemán y dos agentes del servicio secreto francés. Debía llevar unos documentos para ser firmados en Lyon y una pistola para defenderse en caso de que intentaran robarle, dada por ellos. Le comentó también que pensaba llevar y vender el diamante que les quedaba, ya que tenía un contacto en Biarritz.

                                                                                       Continuará….

Diamante vendido

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – VI (Género fantástico)

De nuevo reunidos en el Petit Hôtel París

Por RAI

Citroen con la cruz de Lorena

Citroen con la cruz de Lorena

Pasados unos días, Juliette, Didier y Sophie, se reunieron en el Petit Hôtel como cariñosamente lo llamaban –aunque ya no ejerciera como tal– para ver a los amigos René, Colette, Henri, y Armand el radiestesista.

–¡Por todas las corrientes telúricas de Francia! ¡Por fin os dejáis ver! –dijo Armand dirigiéndose a Didier–. Y ¿quién es la señorita que os acompaña?

–Soy Sophie, he oído hablar de vosotros. Solo conocía a Juliette y a Didier.

–Magnífico, te doy la bienvenida en nombre de todos los aquí presentes. ¡Hay mucho amor hoy aquí!… y ya se sabe:

Là où on s’aime, il ne fait jamais nuit (donde nos amamos nunca oscurece) –dijo en tono guasón Armand mientras miraba a Didier.

–Todos rieron.

–Ven, querida, –Colette le cogió de la mano y la sentó junto a la mesa.

–Se respira Paz en éste salón –añadió sonriente Sophie.

–Os he traído té oriental de Londres, –dijo Didier–. También le llevé a Jolie y Gérard de la casa de Nicolas Flamel que os dan saludos.

Didier, comenzó a sacar de una gran bolsa de viaje de cuero antiguo, varios paquetes de té bien apretados sin sus cajas comerciales para que no ocuparan espacio. También bolsas de caramelos y cacao en polvo, que en París ya no se podía adquirir y tan solo lo conseguían los obradores de las pastelerías de lujo.

–Esto es para los niños que acogéis en la casa, además de algunos pequeños detalles para todos vosotros –comentó Didier.

Y traerás muchas noticias –añadió René.

–¡Desde luego!

–¡Qué contentos se van a poner los niños! –comentó Colette.

–¡Toma, y yo! –exclamó Armand el radiestesista.

–Pero el cacao no es para ti –dijo cariñosamente Colette.

–Ya, pero el té sí –respondió Armand.

Y se echaron a reír de nuevo.

Tras hablar del desarrollo de la guerra y de los últimos acontecimientos de los que se hablaba en Londres, Didier continuó presentando un libro adquirido en la capital inglesa:

–El libro que os quería enseñar y que he encontrado en mi viaje es del escritor teósofo y gran aventurero, el Sr. Talbot Mundy. Se titula “Om. The Secret of Ahbor Valley”. Esta obra habla de un lugar desconocido en los Himalayas, más allá del reino misterioso de Sikkim. Se trata del país de los Ahbor, donde todo es sumamente extraño y sorprendente. Allí hay un lama que se llama Tsiang Sandup, que tiene habilidades sobrenaturales, y una gran sabiduría. La próxima vez que nos reunamos haremos lecturas de ello, especialmente Sophie, que habla muy bien inglés, y hoy vamos a escuchar lo que creo que nos tiene preparado Armand, y que como siempre será algo muy interesante. Pero antes, quiero daros unos apuntes:

Contra todos los grilletes creados por el hombre; además del Infierno ¡YO ME REBELO!

Talbot Mundy, 1914

   En el año 1923 Talbot Mundy era el invitado de la teósofa y orientalista Katherine A. W. Tingley en San Diego, California. Fue con ella que descubrió la existencia de valles secretos entre las montañas en los Himalayas, tanto por el lado de India como del Tíbet. En algunos de los monasterios budistas escondidos en las alturas de las nieves perpetuas, se hallaban monjes y budistas que cultivaban la Supramente y el conocimiento de la proyección astral. Las conversaciones esotéricas mantenidas entre ambos durante semanas, unido a la larga experiencia de Talbot en sus viajes de aventuras por India y África, completaron el desarrollo de su novela.

[En Egipto Talbot pasó una noche entera dentro de la Cámara del Rey en la Gran Pirámide. Años después, vivió en los apartamentos del Master Building en Nueva York, donde en sus primeras plantas se hallaba el Museo de Nicolás Roerich, siendo amigo de Natacha Rambova, Svetoslav Roerich y Manly Palme Hall. Un día conoció a Paul Brunton, que como él también pasó una noche entera dentro de la Gran Pirámide. El cúmulo de experiencias de todos ellos elevaba las reuniones y conversaciones a unos niveles tan altos como el propio rascacielos de Nueva York. Talbot llegó a escribir más de 50 libros de aventuras, siendo esta novela en particular la de mayor éxito. También escribió numerosos guiones para la radio y el cine.]

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Didier finalizó diciendo:

–Luego Juliette os mostrará un pequeño experimento de magnetización para fortalecer nuestra psiquis.

–Sí, sí –acentuó Juliette–, después de las lecturas. Ahora vamos a tomar el té y a escuchar a Armand.

–¡Pardiez! –exclamó Armand el radiestesista–. Ya tenía ganas de contaros esto.

[Los encuentros de este grupo del Petit Hôtel París comienzan siempre intercambiando noticias a la vez que saborean un té. Luego se pasa a las lecturas o tertulias literarias, y a algún ejercicio de prácticas psíquicas, como averiguar el color contenido en tres sobres blancos, hacer ejercicios de telepatía con las llamadas Cartas Zener, en los que siempre ganaba por el mayor número de aciertos nuestra médium Juliette, o bien ver cómo se mueve el péndulo de acuerdo al fluido energético de cada uno, o incluso algún ejercicio de magnetización o de mediumnismo en el que Juliette era la maestra por su alto grado de clariaudiencia y clarividencia.]

Mientras Henri tocaba con la cucharita en el borde de una taza de té a modo de campanilla para llamar la atención de todos, su amigo Armand comenzó presentando su obra.

–Mirad –dijo–, esta obra es de León Joly, se titula “Radioteluria y Radiestesia frente a la ciencia”. Hace referencia a numerosos casos históricos relacionados con las varillas de los sourciers y zahoríes. Se trata en este caso de un documento histórico del año 1641, donde hace referencia a la detención de una mujer llamada Martine de Bertereau y su marido. Les fueron confiscadas 16 varillas de metal, varios libros, además de croquis y mapas. Todo ello lo hizo el que era el gobernador de Bretaña por aquel entonces. Sin duda, y a juzgar por sus éxitos, esta mujer fue la mejor zahorie de todos los tiempos. Con la autorización del Rey y del Cardenal Richelieu –continuó leyendo–, descubrieron más de 150 minas de oro, plata, cobre, cristal de roca, en los pirineos franceses. Minas de hierro, plata, plomo, en el Condado de Foix; de carbón en Languedoc; azufre en Alaïs; minas de turquesas en Samatan; minas de granate, rubí y ópalo en Pégouliou. Varias minas más en Bretaña y Normandía.

Levantó su cabeza del libro y añadió entusiasmado:

–¡Increíble! ¿verdad? Ella utilizaba siete varillas de metal diferentes según lo que se buscara. El matrimonio acumulaba una gran fortuna, y claro, les dejaron morir encerrados en las mazmorras de La Bastilla. Imaginad quién se quedó con toda esa fortuna bajo la acusación de que la varilla la movía el demonio. –Y se echó a reír.

–El propio demonio del Cardenal –dijo Henri.

–Desde luego –continuó Armand–. Unas décadas más tarde, otro padre jesuita declaró que la vara del zahorí se mueve por emanaciones naturales y declaraba públicamente que ningún método puede rivalizar con el de la varita para el descubrimiento de manantiales de agua o vetas de carbón y minerales.

–Interesante –dijo Henri.

–En 1693 se imprimió un volumen titulado “Física Oculta, tratado de la varilla adivinatoria”, de Abbé de Valmont, donde se menciona a partículas o corpúsculos que emergen de todos los cuerpos físicos e influyen en la varita y no el demonio, obteniendo así el estatus de un Don Natural. Así las cosas –continuó Armand afirmando con cierto ímpetu– quién sabe si el mundo no sería otro, si no se hubiera encarcelado y asesinado a tantos desafortunados zahoríes y alquimistas en el pasado.

–Sí, es una lástima –dijo Juliette.

Luego Armand continuó leyendo sobre el término empleado por el autor cuando se trabaja con el péndulo a la hora de localizar el foco de una infección o de una enfermedad. Él lo denominaba Bio-radiestesia, que es la auscultación del cuerpo humano por medios psíquicos (lo que más tarde se conoció en Francia como Radiestesia Médica).

Ahora le tocaba el turno a la médium Juliette. Hizo un silencio, como para despejar el ambiente de formas de pensamiento creadas con la lectura anterior, y pasó a hablar con su acostumbrada serena expresión en su rostro. El tema trataba sobre la costumbre en el Antiguo Egipto de magnetizar tanto los alimentos, como a las estatuas de los altares, y a las personas enfermas que necesitaban de una carga extra de vitalidad.

–En aquellos tiempos –dijo–, había una escuela llamada los “Puros de Sekhmet” que practicaban una magia magnética medicinal y curativa.

Tras hablar de ello propuso que se trajera un vaso y se llenara de agua hasta el borde. Después pidió una pequeña aguja de coser y un tenedor. Cogiendo la aguja con éste y con suavidad depositó la aguja encima del agua sin que ésta se hunda, dejando que flotara por sí misma. Cuando la aguja se hunde hay que volverla a secar bien para de nuevo depositarla encima del agua con mucho cuidado. También se puede depositar sobre una pluma de pájaro o una bolita de algodón para ayudarla a que flote. Una vez que está flotando en el vaso, la aguja tiende a moverse en dirección del norte magnético, aunque no siempre, dependiendo de los objetos metálicos que haya a su alrededor. Cuando la aguja se quedó quieta, se pidió a uno de sus compañeros que respirara profundamente durante uno o dos minutos, siempre por las fosas nasales, tanto la inhalación como la exhalación. Al mismo tiempo tenía que visualizar que sus manos se convertían en dos soles de luz magnética. Tras este pequeño ejercicio visual, tenía que aproximar ambas manos al vaso suavemente y sin tocarlo, con el propósito de que la aguja que está flotando sobre el agua se mueva en una dirección o en otra. Para ello sólo tenía que visualizar bien la intención de que un fluido sale de las palmas de las manos y mueve la aguja. Así lo intentaron cada uno de ellos y ninguno consiguió que la aguja se moviera hacia ningún lado, ni a la izquierda ni a la derecha.

–Mira que me lo imagino bien –dijo Sophie–. Pues nada, no lo consigo.

–¡Por las corrientes telúricas del alineamiento de las piedras de Carnac! ¡Verás como yo sí lo consigo! –aproximó las manos Armand y la aguja se movió un poquito al principio, y todos rieron diciendo:

–Has sido tú que has soplado, dijo Sophie.

–Pero, ¡si tenía la boca cerrada!

–Sí, pero por la nariz.

–Nooo. Seamos serios. Ha sido una corriente psíquica mía.

–Sí, o de la ventana –dijeron otros riendo.

–¡Pero si aquí no hay ventanas! Hala, lo dejo –concluyó Armand–. Que pase el siguiente.

Entonces Juliette, la médium, llevó las manos lentamente al vaso y la aguja automáticamente empezó a moverse. Si movía las manos en una dirección la aguja le seguía y si movía en otra, también. Finalmente se movía tanto que terminó por hundirse en el fondo del vaso. No había ningún truco por medio.

–Tienes la fuerza de los dólmenes y menhires de Carnac –le dijo Armand–. Es increíble la corriente energética que sale de tus manos.

–No os preocupéis –dijo ella–. Con un poco de práctica vosotros también lo conseguiréis. Se trata solo de magnetismo. Esto me lo enseñó un martinista, un discípulo de nuestro gran Maestro Philippe de Lyon. Os sugiero que lo probéis en casa y lo hagáis todos los días durante un ratito tras hacer las respiraciones profundas. Pronto saldrá un fluido magnético de vuestras manos que podréis aplicar a aquellas personas que tengan migrañas, dolores de cabeza, dolores reumáticos, y con ello les aliviaréis, algo muy necesario en esta época en la que es tan difícil conseguir medicinas. Pero recordad una cosa: Enseñad a que la gente se quite sus cargas de encima, pero no para que las cojáis vosotros. Es muy importante esta diferencia. Mantened siempre un corazón templado y compasivo, ante cualquier circunstancia desagradable o injusta que os podáis encontrar. No os llevéis a casa los dolores y las cargas de los demás. Permaneced siempre neutrales en el amor al Maestro.

Después de este ejercicio, pasaron a una meditación visual, cuando en ese momento alguien se percató de que en la esquina más oscura de la habitación había una figura observándolos. Vestida de negro, con una cruz gamada a la altura del cuello, la entidad fantasmal intentaba ver, un tanto confundida y con semblante de acero y ojos vidriosos desde el rincón en penumbra.

–¡Maldita sea! Un cuerpo astral nos observa –dijo Colette a la vez que hizo unos signos en el aire y pronunció unas ininteligibles palabras. La figura desapareció en ese mismo momento. Nadie se había percatado de la figura espectral, salvo Juliette, que le hizo una señal con la cabeza a Colette.

–Menudo susto –dijo Colette, mientras los demás no habían visto nada y se quedaron silenciosos.

La Cruz de Lorena

La Cruz de Lorena

En ese momento aprovechó Armand para preguntar a su péndulo y después de un rato comentó:

–La aparición ha sido real. Son alemanes entrenados en proyección astral y en visión remota. Han intentado cazarnos, pero no han visto ni oído nada. La protección de este lugar lo ha perturbado, y por ello estamos todos a salvo.

Juliette, estaba en silencio desde hacía un rato.

–No os preocupéis –dijo–, ya he establecido mentalmente un perímetro de luz desde esta habitación de la Paz hasta llegar a los jardines cubriendo así todo el hotel. Vamos a hacer la visualización conjunta para dinamizar el símbolo de la Cruz de Lorena y de esta manera cargarla de protección y luz para los soldados y para la resistencia francesa. ¡Por la Cruz de Lorena!

–¡Por la Cruz de Lorena! –corearon todos.

Continuará…

La reunión va finalizando en el Petit Hôtel de París