De nuevo reunidos en el Petit Hôtel París

Por RAI

Citroen con la cruz de Lorena

Citroen con la cruz de Lorena

Pasados unos días, Juliette, Didier y Sophie, se reunieron en el Petit Hôtel como cariñosamente lo llamaban –aunque ya no ejerciera como tal– para ver a los amigos René, Colette, Henri, y Armand el radiestesista.

–¡Por todas las corrientes telúricas de Francia! ¡Por fin os dejáis ver! –dijo Armand dirigiéndose a Didier–. Y ¿quién es la señorita que os acompaña?

–Soy Sophie, he oído hablar de vosotros. Solo conocía a Juliette y a Didier.

–Magnífico, te doy la bienvenida en nombre de todos los aquí presentes. ¡Hay mucho amor hoy aquí!… y ya se sabe:

Là où on s’aime, il ne fait jamais nuit (donde nos amamos nunca oscurece) –dijo en tono guasón Armand mientras miraba a Didier.

–Todos rieron.

–Ven, querida, –Colette le cogió de la mano y la sentó junto a la mesa.

–Se respira Paz en éste salón –añadió sonriente Sophie.

–Os he traído té oriental de Londres, –dijo Didier–. También le llevé a Jolie y Gérard de la casa de Nicolas Flamel que os dan saludos.

Didier, comenzó a sacar de una gran bolsa de viaje de cuero antiguo, varios paquetes de té bien apretados sin sus cajas comerciales para que no ocuparan espacio. También bolsas de caramelos y cacao en polvo, que en París ya no se podía adquirir y tan solo lo conseguían los obradores de las pastelerías de lujo.

–Esto es para los niños que acogéis en la casa, además de algunos pequeños detalles para todos vosotros –comentó Didier.

Y traerás muchas noticias –añadió René.

–¡Desde luego!

–¡Qué contentos se van a poner los niños! –comentó Colette.

–¡Toma, y yo! –exclamó Armand el radiestesista.

–Pero el cacao no es para ti –dijo cariñosamente Colette.

–Ya, pero el té sí –respondió Armand.

Y se echaron a reír de nuevo.

Tras hablar del desarrollo de la guerra y de los últimos acontecimientos de los que se hablaba en Londres, Didier continuó presentando un libro adquirido en la capital inglesa:

–El libro que os quería enseñar y que he encontrado en mi viaje es del escritor teósofo y gran aventurero, el Sr. Talbot Mundy. Se titula “Om. The Secret of Ahbor Valley”. Esta obra habla de un lugar desconocido en los Himalayas, más allá del reino misterioso de Sikkim. Se trata del país de los Ahbor, donde todo es sumamente extraño y sorprendente. Allí hay un lama que se llama Tsiang Sandup, que tiene habilidades sobrenaturales, y una gran sabiduría. La próxima vez que nos reunamos haremos lecturas de ello, especialmente Sophie, que habla muy bien inglés, y hoy vamos a escuchar lo que creo que nos tiene preparado Armand, y que como siempre será algo muy interesante. Pero antes, quiero daros unos apuntes:

Contra todos los grilletes creados por el hombre; además del Infierno ¡YO ME REBELO!

Talbot Mundy, 1914

   En el año 1923 Talbot Mundy era el invitado de la teósofa y orientalista Katherine A. W. Tingley en San Diego, California. Fue con ella que descubrió la existencia de valles secretos entre las montañas en los Himalayas, tanto por el lado de India como del Tíbet. En algunos de los monasterios budistas escondidos en las alturas de las nieves perpetuas, se hallaban monjes y budistas que cultivaban la Supramente y el conocimiento de la proyección astral. Las conversaciones esotéricas mantenidas entre ambos durante semanas, unido a la larga experiencia de Talbot en sus viajes de aventuras por India y África, completaron el desarrollo de su novela.

[En Egipto Talbot pasó una noche entera dentro de la Cámara del Rey en la Gran Pirámide. Años después, vivió en los apartamentos del Master Building en Nueva York, donde en sus primeras plantas se hallaba el Museo de Nicolás Roerich, siendo amigo de Natacha Rambova, Svetoslav Roerich y Manly Palme Hall. Un día conoció a Paul Brunton, que como él también pasó una noche entera dentro de la Gran Pirámide. El cúmulo de experiencias de todos ellos elevaba las reuniones y conversaciones a unos niveles tan altos como el propio rascacielos de Nueva York. Talbot llegó a escribir más de 50 libros de aventuras, siendo esta novela en particular la de mayor éxito. También escribió numerosos guiones para la radio y el cine.]

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Didier finalizó diciendo:

–Luego Juliette os mostrará un pequeño experimento de magnetización para fortalecer nuestra psiquis.

–Sí, sí –acentuó Juliette–, después de las lecturas. Ahora vamos a tomar el té y a escuchar a Armand.

–¡Pardiez! –exclamó Armand el radiestesista–. Ya tenía ganas de contaros esto.

[Los encuentros de este grupo del Petit Hôtel París comienzan siempre intercambiando noticias a la vez que saborean un té. Luego se pasa a las lecturas o tertulias literarias, y a algún ejercicio de prácticas psíquicas, como averiguar el color contenido en tres sobres blancos, hacer ejercicios de telepatía con las llamadas Cartas Zener, en los que siempre ganaba por el mayor número de aciertos nuestra médium Juliette, o bien ver cómo se mueve el péndulo de acuerdo al fluido energético de cada uno, o incluso algún ejercicio de magnetización o de mediumnismo en el que Juliette era la maestra por su alto grado de clariaudiencia y clarividencia.]

Mientras Henri tocaba con la cucharita en el borde de una taza de té a modo de campanilla para llamar la atención de todos, su amigo Armand comenzó presentando su obra.

–Mirad –dijo–, esta obra es de León Joly, se titula “Radioteluria y Radiestesia frente a la ciencia”. Hace referencia a numerosos casos históricos relacionados con las varillas de los sourciers y zahoríes. Se trata en este caso de un documento histórico del año 1641, donde hace referencia a la detención de una mujer llamada Martine de Bertereau y su marido. Les fueron confiscadas 16 varillas de metal, varios libros, además de croquis y mapas. Todo ello lo hizo el que era el gobernador de Bretaña por aquel entonces. Sin duda, y a juzgar por sus éxitos, esta mujer fue la mejor zahorie de todos los tiempos. Con la autorización del Rey y del Cardenal Richelieu –continuó leyendo–, descubrieron más de 150 minas de oro, plata, cobre, cristal de roca, en los pirineos franceses. Minas de hierro, plata, plomo, en el Condado de Foix; de carbón en Languedoc; azufre en Alaïs; minas de turquesas en Samatan; minas de granate, rubí y ópalo en Pégouliou. Varias minas más en Bretaña y Normandía.

Levantó su cabeza del libro y añadió entusiasmado:

–¡Increíble! ¿verdad? Ella utilizaba siete varillas de metal diferentes según lo que se buscara. El matrimonio acumulaba una gran fortuna, y claro, les dejaron morir encerrados en las mazmorras de La Bastilla. Imaginad quién se quedó con toda esa fortuna bajo la acusación de que la varilla la movía el demonio. –Y se echó a reír.

–El propio demonio del Cardenal –dijo Henri.

–Desde luego –continuó Armand–. Unas décadas más tarde, otro padre jesuita declaró que la vara del zahorí se mueve por emanaciones naturales y declaraba públicamente que ningún método puede rivalizar con el de la varita para el descubrimiento de manantiales de agua o vetas de carbón y minerales.

–Interesante –dijo Henri.

–En 1693 se imprimió un volumen titulado “Física Oculta, tratado de la varilla adivinatoria”, de Abbé de Valmont, donde se menciona a partículas o corpúsculos que emergen de todos los cuerpos físicos e influyen en la varita y no el demonio, obteniendo así el estatus de un Don Natural. Así las cosas –continuó Armand afirmando con cierto ímpetu– quién sabe si el mundo no sería otro, si no se hubiera encarcelado y asesinado a tantos desafortunados zahoríes y alquimistas en el pasado.

–Sí, es una lástima –dijo Juliette.

Luego Armand continuó leyendo sobre el término empleado por el autor cuando se trabaja con el péndulo a la hora de localizar el foco de una infección o de una enfermedad. Él lo denominaba Bio-radiestesia, que es la auscultación del cuerpo humano por medios psíquicos (lo que más tarde se conoció en Francia como Radiestesia Médica).

Ahora le tocaba el turno a la médium Juliette. Hizo un silencio, como para despejar el ambiente de formas de pensamiento creadas con la lectura anterior, y pasó a hablar con su acostumbrada serena expresión en su rostro. El tema trataba sobre la costumbre en el Antiguo Egipto de magnetizar tanto los alimentos, como a las estatuas de los altares, y a las personas enfermas que necesitaban de una carga extra de vitalidad.

–En aquellos tiempos –dijo–, había una escuela llamada los “Puros de Sekhmet” que practicaban una magia magnética medicinal y curativa.

Tras hablar de ello propuso que se trajera un vaso y se llenara de agua hasta el borde. Después pidió una pequeña aguja de coser y un tenedor. Cogiendo la aguja con éste y con suavidad depositó la aguja encima del agua sin que ésta se hunda, dejando que flotara por sí misma. Cuando la aguja se hunde hay que volverla a secar bien para de nuevo depositarla encima del agua con mucho cuidado. También se puede depositar sobre una pluma de pájaro o una bolita de algodón para ayudarla a que flote. Una vez que está flotando en el vaso, la aguja tiende a moverse en dirección del norte magnético, aunque no siempre, dependiendo de los objetos metálicos que haya a su alrededor. Cuando la aguja se quedó quieta, se pidió a uno de sus compañeros que respirara profundamente durante uno o dos minutos, siempre por las fosas nasales, tanto la inhalación como la exhalación. Al mismo tiempo tenía que visualizar que sus manos se convertían en dos soles de luz magnética. Tras este pequeño ejercicio visual, tenía que aproximar ambas manos al vaso suavemente y sin tocarlo, con el propósito de que la aguja que está flotando sobre el agua se mueva en una dirección o en otra. Para ello sólo tenía que visualizar bien la intención de que un fluido sale de las palmas de las manos y mueve la aguja. Así lo intentaron cada uno de ellos y ninguno consiguió que la aguja se moviera hacia ningún lado, ni a la izquierda ni a la derecha.

–Mira que me lo imagino bien –dijo Sophie–. Pues nada, no lo consigo.

–¡Por las corrientes telúricas del alineamiento de las piedras de Carnac! ¡Verás como yo sí lo consigo! –aproximó las manos Armand y la aguja se movió un poquito al principio, y todos rieron diciendo:

–Has sido tú que has soplado, dijo Sophie.

–Pero, ¡si tenía la boca cerrada!

–Sí, pero por la nariz.

–Nooo. Seamos serios. Ha sido una corriente psíquica mía.

–Sí, o de la ventana –dijeron otros riendo.

–¡Pero si aquí no hay ventanas! Hala, lo dejo –concluyó Armand–. Que pase el siguiente.

Entonces Juliette, la médium, llevó las manos lentamente al vaso y la aguja automáticamente empezó a moverse. Si movía las manos en una dirección la aguja le seguía y si movía en otra, también. Finalmente se movía tanto que terminó por hundirse en el fondo del vaso. No había ningún truco por medio.

–Tienes la fuerza de los dólmenes y menhires de Carnac –le dijo Armand–. Es increíble la corriente energética que sale de tus manos.

–No os preocupéis –dijo ella–. Con un poco de práctica vosotros también lo conseguiréis. Se trata solo de magnetismo. Esto me lo enseñó un martinista, un discípulo de nuestro gran Maestro Philippe de Lyon. Os sugiero que lo probéis en casa y lo hagáis todos los días durante un ratito tras hacer las respiraciones profundas. Pronto saldrá un fluido magnético de vuestras manos que podréis aplicar a aquellas personas que tengan migrañas, dolores de cabeza, dolores reumáticos, y con ello les aliviaréis, algo muy necesario en esta época en la que es tan difícil conseguir medicinas. Pero recordad una cosa: Enseñad a que la gente se quite sus cargas de encima, pero no para que las cojáis vosotros. Es muy importante esta diferencia. Mantened siempre un corazón templado y compasivo, ante cualquier circunstancia desagradable o injusta que os podáis encontrar. No os llevéis a casa los dolores y las cargas de los demás. Permaneced siempre neutrales en el amor al Maestro.

Después de este ejercicio, pasaron a una meditación visual, cuando en ese momento alguien se percató de que en la esquina más oscura de la habitación había una figura observándolos. Vestida de negro, con una cruz gamada a la altura del cuello, la entidad fantasmal intentaba ver, un tanto confundida y con semblante de acero y ojos vidriosos desde el rincón en penumbra.

–¡Maldita sea! Un cuerpo astral nos observa –dijo Colette a la vez que hizo unos signos en el aire y pronunció unas ininteligibles palabras. La figura desapareció en ese mismo momento. Nadie se había percatado de la figura espectral, salvo Juliette, que le hizo una señal con la cabeza a Colette.

–Menudo susto –dijo Colette, mientras los demás no habían visto nada y se quedaron silenciosos.

La Cruz de Lorena

La Cruz de Lorena

En ese momento aprovechó Armand para preguntar a su péndulo y después de un rato comentó:

–La aparición ha sido real. Son alemanes entrenados en proyección astral y en visión remota. Han intentado cazarnos, pero no han visto ni oído nada. La protección de este lugar lo ha perturbado, y por ello estamos todos a salvo.

Juliette, estaba en silencio desde hacía un rato.

–No os preocupéis –dijo–, ya he establecido mentalmente un perímetro de luz desde esta habitación de la Paz hasta llegar a los jardines cubriendo así todo el hotel. Vamos a hacer la visualización conjunta para dinamizar el símbolo de la Cruz de Lorena y de esta manera cargarla de protección y luz para los soldados y para la resistencia francesa. ¡Por la Cruz de Lorena!

–¡Por la Cruz de Lorena! –corearon todos.

Continuará…

La reunión va finalizando en el Petit Hôtel de París