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LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – VIII (Género fantástico)

Diamante vendido

Por RAI

Didier se dirigió a 170 kilómetros al este de París. Visitó la región de Champagne, con sus bodegas, casas y laderas llenas de verdes viñedos. Más de 140 pueblos están entregados al cultivo del vino en un ambiente de cierta paz, ya que desgraciadamente pronto se convertiría en un lugar de saqueo y duras batallas con la retirada alemana. Como venía a decir el General Napoleón: “este vino se lo merece uno en las victorias, pero también cuando acontecen las derrotas”.

Didier firmó numerosos contratos para el exigente enólogo del Führer, figura que hacía de intermediario alemán encargado de que tanto a Hitler como a Alemania no le faltara su cargamento de miles de botellas mensuales. Aquí el ingenio se desató y fueron muchas las trampas y argucias las que se buscaron para engañar a los invasores, escondiendo bodegas y deshaciéndose en la medida de lo posible de mediocres añadas debido a la falta de mano de obra por la situación bélica; algo que aún cuentan los más ancianos del lugar. Pero los alemanes no eran tontos, y Didier consiguió unos buenos contratos para ambas partes. Unos días después se dirigió a su nuevo destino.

Didier, hasta llegar en tren a Lyon, se dio cuenta de que le seguía un hombre con sombrero y abrigo de color marrón. Lo ignoró no sin mantenerse alerta. Entregó el sobre en la Jefatura a la persona indicada, y dejaron de seguirle. Más tarde y tras visitar a unos amigos Martinistas en la ciudad, se dirigió en tren al suroeste de Francia, concretamente a la costa vascofrancesa de Biarritz, no sin antes pasar por la población de Pomerol, departamento de Gironda situado cerca de Burdeos. Allí visitó el Chateau Petit-Village, fundado en el año 1785. Y aprovechó para comprar varias cajas de vinos tintos y blancos que hizo mandar a su dirección de París.

BIARRITZ

    Didier vendió el tercer diamante a una dama que vivía en esta atractiva ciudad. Lo hizo por la mitad de su precio real. Los tiempos no eran los adecuados, y al menos serviría para sufragar los gastos de alimentación en una época donde ya no se sabía lo que era un cereal, ni el color que tenía el arroz o los huevos. No había comida que comprar y el mercado negro multiplicaba por 10 y por 20 muchos de los productos alimenticios sobre todo de los frescos. Las latas de comida del ejército se compraban por 5 veces su valor. La gente pedía comida por la calle. Cada vez se veía más enfermedad y miseria. El daño era muy grande y se prolongaría años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial. Algo que faltaba pocos meses para que ocurriera.

La Madame***, cuyo nombre quiere que permanezca en anonimato –por ser muy conocida en Biarritz– es amiga del jovencito Michel, un amante de los libros antiguos -en particular de Oriente- que colecciona sellos, monedas y antigüedades. El sueño de Michel es ir a India. Ahora era presentado a Didier junto a un grupo de personas amantes del Ocultismo o Ciencia de lo Hermético que enaltece al ser humano.

–Encantado de conocerle Sr. Didier –dijo entusiasmado el muchacho.

–Lo mismo te digo Michel.

–Aquí en el sur de Francia, igual que en París, hay mucho interés por el arte de usar el péndulo, la quiromancia o el arte de leer las líneas de la mano, el tarot y la metapsíquica en general. ¿Es peligroso adentrarse por estos caminos siendo aún muy joven?

–No, todo lo contrario, ello indica que seguramente eres una persona especial. Tu cuerpo físico será joven, pero tu alma es muy antigua. Si eres consecuente con lo que haces y tienes buenos Maestros, o en su defecto buenos libros, aprenderás muy rápido –añadió Didier.

–Gracias, Señor.

–Gracias a ti por ser un buscador de la verdad. El mundo es muy engañoso, pero un hermoso jardín lleno de secretos espera a los buscadores que son como tú.

Madame***, moviendo su dedo índice en el aire dijo:

–¡Pero no te conviertas en un André Malraux!

–¿Por qué, Señora?

Un hombre que los acompañaba añadió:

–Porque Malraux es un pícaro aventurero, saqueador de yacimientos arqueológicos, novelista, piloto de guerra, cineasta, y sobre todo ¡un fabulador! Pero de cualquier manera lucha dentro del movimiento de la Resistencia, detenido recientemente por la Gestapo, dicen que también se librará de ellos… Allá por donde va no deja indiferente a nadie.

La Señora*** apostilló sus palabras: –Aún así, yo creo en él. Es un intelectual atrevido, surrealista sí, pero muy perspicaz y vanguardista. Y sobre todo muy humano. A mí me gusta.

Todos rieron.

[Nota: André padecía el síndrome de Tourette (tics, guiños y muecas incontroladas). Buen escritor, se editó él mismo su primer libro. De formación autodidacta leía obras y boletines de arqueología oriental. Viajó a Indochina, por la que sentía una gran pasión, y en Camboya se hizo con varios bajorrelieves y cabezas de arte Jemer que arrancó de un templo abandonado. Detenido por las autoridades coloniales (francesas), se le condena a prisión junto a su mujer y un amigo que hacían de compañeros de expedición. Finalmente se las ingenió para no ir a la cárcel y aprovechó la experiencia para escribir la que sería su tercera novela, La Vía Real. Mas tarde, Malraux viaja a España y se pone al servicio del gobierno de la Segunda República alcanzando un gran protagonismo. También fue cineasta, llevando a la pantalla la película Espoir. Sierra de Teruel. Ambientada en hechos ocurridos en Teruel, debido a la guerra fue finalmente rodada en los exteriores de Cataluña y luego finalizada en Francia. Para cuando se quiso estrenar, la República ya había perdido y no tenía sentido exhibirla. Tan solo hubo dos pases privados en un cine de los Campos Elíseos de París para el gobierno republicano en el exilio. Al poco comenzó la Segunda Guerra Mundial, y se censuró y destruyeron todas las copias del film. Pero con los años apareció una copia que se había escondido en una lata. Se trataba de una bobina que había sido clasificada con otro nombre y se volvieron a hacer numerosas copias estrenándose como una película francesa en el año 1945. André Malraux, fruto de la experiencia de la guerra en España, escribió su famosa novela La Esperanza (1937), de la que hizo también una adaptación cinematográfica. Anteriormente había escrito su célebre obra La Condición Humana (1933). Entre otros publicó varios volúmenes dedicados a los museos imaginarios. Más tarde llegó a ser Ministro de Cultura en tiempos de De Gaulle].

Luego se reunieron en un conocido Salon de Thé de Biarritz. Tras hablar de generalidades y también del futuro, siempre con la máxima prudencia, Didier se despidió de todos ellos y abandonó la tranquilidad del local para dirigirse a su hotel. Sabía que hay oídos y espías en cada esquina, y no quería exponerse demasiado. Al día siguiente salía en tren muy temprano en dirección de París.

Al final del día ya estaba en su hogar. Llamó por teléfono a Juliette para quedar el siguiente viernes en el Petit Hôtel. También llamó a Sophie. La alegría de ésta superaba lo esperado por Didier, ya que siempre se mostraba tímida y cauta. Didier se alegró. Pero antes de quedar con ella tenía que descansar del viaje para acudir a su despacho al día siguiente. Tenía que ponerse al día, entregar el contrato firmado al General alemán, y devolver la pistola a los agentes del Gobierno francés. Para ello había quedado en verse a primera hora de la tarde.

Didier durmió 9 horas seguidas. Por la mañana acudió a su despacho sin desayunar. Mientras le informaban y se ponía al día le subieron un café (cereal achicoria) con leche y varios croissants. El desayuno francés no es tan copioso como en Inglaterra. Dos días antes habían llegado las cajas de vino de las bodegas Château de Pomerol. Repartió varias por los despachos y al personal que trabajaba con él.

Ya en la tarde, la secretaria anuncia la visita de los representantes del Gobierno Alemán y Francés.

–Bonsoir, cher ami! –dijo el General alemán dándole un sonoro abrazo. Los gendarmes saludaron solo moviendo la cabeza.

Didier puso su maletín encima de la mesa y tras abrirlo cuidadosamente entregó una copia del contrato y otra se quedaría en los archivos del bufete.

–Muy bien Didier, Alemania le da las gracias, ¡y el Führer también! Acto seguido levantó su brazo, y los dos agentes también.

Didier alzó el suyo, pero solo para mostrarle una selecta botella de champagne Cristal Roederer mientras le decía:

–Es para usted General.

–Mon Dieu! Es la botella que pidió hacer al Zar Alejandro II a Louis Roederer. Una botella especial que no fuera de color verde sino transparente y con un fondo plano. Jajaja. El Zar temeroso de que lo envenenaran encargó este exclusivo vino en cristal bien visible, jajaja, ¡prudencia rusa! Y volvió a reír entusiasmado, para luego, mirando a Didier, decir:

–¡Me gusta este hombre!

Los allí presentes se dieron cuenta, una vez más, que el General alemán conocía bien la historia y anécdotas vinícolas de su País. Sin duda, –pensaron–, los alemanes saben lo que quieren y luchan por ello.

–Didier, no quiero que piense que soy un estúpido. La otra vez fui un poco grosero con el tema de la pistola. Le ruego me disculpe.

–No lo tengo en cuenta General, nunca he tenido una en mi mano y…

Entonces cuando Didier procedía a sacarla de su maletín y de su correspondiente estuche para devolverla, los gendarmes le pararon y le dijeron:

–Usted ha cumplido su misión comercial en forma exitosa, puede quedársela con los papeles para portarla que le dimos.

Didier se quedó pensativo.

–El sobre llegó correctamente a su hombre de Lyon, se lo di en mano.

–Lo sabemos, y le pusimos vigilancia, pero eso usted ya lo sabe. Lo que no sabe es que el contenido del sobre era… ¡papeles en blanco!

–¿Entonces?

–Teníamos que probar su lealtad, recuerde que estamos en guerra –dijeron los gendarmes.

–Bien –añadió Didier un tanto contrariado–, ahora que estamos todos satisfechos nos despedimos aquí. Tengo mucho trabajo.

El General alemán se cuadró y levantó el brazo esta vez con la botella de su preciado champagne Cristal Roederer, como antes hiciera Didier. Los gendarmes, como si tuvieran un resorte debajo de sus axilas hicieron lo propio.

Esa tarde, Didier trabajó hasta casi la hora del toque de queda. Cogió un taxi y se fue para su casa, no sin antes quedar con Sophie para verse al día siguiente desde primera hora de la mañana.

A la mañana siguiente

    Suena el timbre. Didier se pone una elegante bata sobre el pijama, abre la puerta tras mirar por la mirilla…

–¡Didier! ¡Buenos días! ¡Es hora de desayunar!

Una chica con un vestido de color hueso que le llegaba a las rodillas, con una chaquetita beige y cinturón a juego se abría paso pidiendo permiso. En una mano traía el bolso y en la otra una caja con croissants y napolitanas. Su tez rosácea, labios de un rojo intenso, y su cabello rubio anunciaban a Sophie.

–¡Buenos días, Sophie! –y mientras ésta le abrazaba tiernamente, Didier le decía–: ¿No es un poco temprano?

–¡Didier! Amanece para vivir otro día, que no es poco. Y hay que aprovecharlo. Recuerda que me prometiste pasar un día entero conmigo.

La alegría que traía Sophie terminó por contagiar a Didier que la miraba con ternura. –¡Claro que no lo he olvidado! ¿Cuál es el plan?

–Primero desayunar juntos, me tienes que contar muchas cosas. Luego te pones guapo y nos vamos a pasear, ver escaparates y sentarnos en uno de los jardines de la ciudad cerca de la torre Eiffel.

–Espera, voy a hacer una llamada –dijo Didier– …<<Hola, Pierre, soy Didier, mira si puedes reservarme una mesa hoy mismo para dos… No, no es oficial, no necesito la mesa donde suele cenar Edith Piaf, sino un rincón más discreto… Sí, eso es, voy con una amiga. Gracias Pierre, ¡hasta luego!>>

–¡Vaya! Una mesa discreta para dos, ¿eh? –dijo Sophie, mientras jugaba con un croissant cerca de sus labios rojos–. ¿A cuántas señoritas has llevado a ese sitio, Didier?

–A ninguna que no fuera por asuntos de negocios.

–Ya, bueno, ¿se puede saber de qué restaurante se trata?

–Sí, claro, es La Coupole…

–¿El del barrio de Montparnasse inaugurado hace unos poquitos años?

–Eso es.

–Me encanta su decoración Art Decó. Mi padre me llevó hace cuatro o cinco años… recuerdo los Crêpes Suzette au Grand Marnier flambeados en la misma mesa, delante de los comensales… sus Fruits de Mer… y lo que no he podido probar aún es su sublime tarta de limón con merengue, eso sí, acompañado de una copa de champagne rosado.

–¡Pues hoy lo harás!

Acto seguido, y con un movimiento rápido Didier le quitó el croissant de los labios, lo dejó en un plato de desayuno a la vez que rodeaba la frágil cintura de Sophie, que estando aún con la boca abierta, Didier posó suavemente sus labios en el lugar que ocupaba antes el dulce manjar. Ambos se fundieron en un largo beso, como intentando recuperar el que no se pudieron dar en la calle, en su visita a la casa de Nicolás Flamel.

Tras aquel momento intimista, Sophie le dijo a su amigo:

–Didier, enciendes en mí una pasión que me devora. No hay océano que pueda apagar este fuego en mi corazón. Pero no te preocupes ¡nunca seré una cadena para ti!

Didier, contemplaba sus ojos casi llorosos, mientras su mano le acariciaba la barbilla, luego su oreja, para seguido ambos volverse a fundir en interminables besos.

Una vez en la calle, saliendo del portal, se encaminaron en dirección de una pequeña librería, ya que Sophie gustaba de ver su escaparate. Ella sonreía, recordando quizás los besos, iluminando aún más su rostro, para delicia de Didier. En algunos lugares había más ajetreo que en otros. Vehículos, gentío, obras de remodelación… de repente un hombre un tanto ebrio con una pancarta de cartón se cruzó con ellos gritando a todo el mundo: ¡Parisinos! ¡Despertad! ¡Muerte a los traidores! ¡Salvad a París! ¡Ángeles del cielo, protegednos!

Unos hombres salen de una camioneta y se lo llevan.

–¿Qué le va a pasar a ese hombre? –dijo Sophie

–No te preocupes. Le detendrán 24 horas, le darán de comer y lo soltarán.

Un camión descargaba leña, otro carbón, y un poco más allá varios motocarros llevaban grandes bloques de hielo para restaurantes y mercados de pescado.

Tras visitar algunas tiendas de moda y otras de antigüedades llegaron a los jardines de la ciudad. Pasearon en silencio entre diversidad de flores… luego Sophie hizo a Didier algunas reflexiones:

–¿Por qué la gente, y en particular los políticos, creen que el dinero y el poder dan la felicidad?

–El dinero y el poder no constituyen la felicidad, ni siquiera el conocimiento, y si lo hace es solo temporalmente.

–¿Tampoco el conocimiento?

–No, me refiero al excesivo deseo de conocerlo todo.

–¿Por qué?

–Porque cuando la curiosidad te lleva al extremo, puedes descubrir cosas que pueden alterar la percepción que se tiene de la vida. Hay una frase que dice: <<Al conocimiento con tiento>>.

–Quizás –dijo Sophie– por eso Luc de Clapiers hablaba de que “Ni la ignorancia es falta de talento, ni la sabiduría es prueba de genio”.

–Caramba esa frase no la conocía, pero es evidente que es así.

Luego un taxi les acercaría al restaurante de Montparnasse.

Continuará…

Nueva reunión en el Petit Hôtel París

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – VI (Género fantástico)

De nuevo reunidos en el Petit Hôtel París

Por RAI

Citroen con la cruz de Lorena

Citroen con la cruz de Lorena

Pasados unos días, Juliette, Didier y Sophie, se reunieron en el Petit Hôtel como cariñosamente lo llamaban –aunque ya no ejerciera como tal– para ver a los amigos René, Colette, Henri, y Armand el radiestesista.

–¡Por todas las corrientes telúricas de Francia! ¡Por fin os dejáis ver! –dijo Armand dirigiéndose a Didier–. Y ¿quién es la señorita que os acompaña?

–Soy Sophie, he oído hablar de vosotros. Solo conocía a Juliette y a Didier.

–Magnífico, te doy la bienvenida en nombre de todos los aquí presentes. ¡Hay mucho amor hoy aquí!… y ya se sabe:

Là où on s’aime, il ne fait jamais nuit (donde nos amamos nunca oscurece) –dijo en tono guasón Armand mientras miraba a Didier.

–Todos rieron.

–Ven, querida, –Colette le cogió de la mano y la sentó junto a la mesa.

–Se respira Paz en éste salón –añadió sonriente Sophie.

–Os he traído té oriental de Londres, –dijo Didier–. También le llevé a Jolie y Gérard de la casa de Nicolas Flamel que os dan saludos.

Didier, comenzó a sacar de una gran bolsa de viaje de cuero antiguo, varios paquetes de té bien apretados sin sus cajas comerciales para que no ocuparan espacio. También bolsas de caramelos y cacao en polvo, que en París ya no se podía adquirir y tan solo lo conseguían los obradores de las pastelerías de lujo.

–Esto es para los niños que acogéis en la casa, además de algunos pequeños detalles para todos vosotros –comentó Didier.

Y traerás muchas noticias –añadió René.

–¡Desde luego!

–¡Qué contentos se van a poner los niños! –comentó Colette.

–¡Toma, y yo! –exclamó Armand el radiestesista.

–Pero el cacao no es para ti –dijo cariñosamente Colette.

–Ya, pero el té sí –respondió Armand.

Y se echaron a reír de nuevo.

Tras hablar del desarrollo de la guerra y de los últimos acontecimientos de los que se hablaba en Londres, Didier continuó presentando un libro adquirido en la capital inglesa:

–El libro que os quería enseñar y que he encontrado en mi viaje es del escritor teósofo y gran aventurero, el Sr. Talbot Mundy. Se titula “Om. The Secret of Ahbor Valley”. Esta obra habla de un lugar desconocido en los Himalayas, más allá del reino misterioso de Sikkim. Se trata del país de los Ahbor, donde todo es sumamente extraño y sorprendente. Allí hay un lama que se llama Tsiang Sandup, que tiene habilidades sobrenaturales, y una gran sabiduría. La próxima vez que nos reunamos haremos lecturas de ello, especialmente Sophie, que habla muy bien inglés, y hoy vamos a escuchar lo que creo que nos tiene preparado Armand, y que como siempre será algo muy interesante. Pero antes, quiero daros unos apuntes:

Contra todos los grilletes creados por el hombre; además del Infierno ¡YO ME REBELO!

Talbot Mundy, 1914

   En el año 1923 Talbot Mundy era el invitado de la teósofa y orientalista Katherine A. W. Tingley en San Diego, California. Fue con ella que descubrió la existencia de valles secretos entre las montañas en los Himalayas, tanto por el lado de India como del Tíbet. En algunos de los monasterios budistas escondidos en las alturas de las nieves perpetuas, se hallaban monjes y budistas que cultivaban la Supramente y el conocimiento de la proyección astral. Las conversaciones esotéricas mantenidas entre ambos durante semanas, unido a la larga experiencia de Talbot en sus viajes de aventuras por India y África, completaron el desarrollo de su novela.

[En Egipto Talbot pasó una noche entera dentro de la Cámara del Rey en la Gran Pirámide. Años después, vivió en los apartamentos del Master Building en Nueva York, donde en sus primeras plantas se hallaba el Museo de Nicolás Roerich, siendo amigo de Natacha Rambova, Svetoslav Roerich y Manly Palme Hall. Un día conoció a Paul Brunton, que como él también pasó una noche entera dentro de la Gran Pirámide. El cúmulo de experiencias de todos ellos elevaba las reuniones y conversaciones a unos niveles tan altos como el propio rascacielos de Nueva York. Talbot llegó a escribir más de 50 libros de aventuras, siendo esta novela en particular la de mayor éxito. También escribió numerosos guiones para la radio y el cine.]

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Clarividencia y Metapsíquica en el antiguo París

Didier finalizó diciendo:

–Luego Juliette os mostrará un pequeño experimento de magnetización para fortalecer nuestra psiquis.

–Sí, sí –acentuó Juliette–, después de las lecturas. Ahora vamos a tomar el té y a escuchar a Armand.

–¡Pardiez! –exclamó Armand el radiestesista–. Ya tenía ganas de contaros esto.

[Los encuentros de este grupo del Petit Hôtel París comienzan siempre intercambiando noticias a la vez que saborean un té. Luego se pasa a las lecturas o tertulias literarias, y a algún ejercicio de prácticas psíquicas, como averiguar el color contenido en tres sobres blancos, hacer ejercicios de telepatía con las llamadas Cartas Zener, en los que siempre ganaba por el mayor número de aciertos nuestra médium Juliette, o bien ver cómo se mueve el péndulo de acuerdo al fluido energético de cada uno, o incluso algún ejercicio de magnetización o de mediumnismo en el que Juliette era la maestra por su alto grado de clariaudiencia y clarividencia.]

Mientras Henri tocaba con la cucharita en el borde de una taza de té a modo de campanilla para llamar la atención de todos, su amigo Armand comenzó presentando su obra.

–Mirad –dijo–, esta obra es de León Joly, se titula “Radioteluria y Radiestesia frente a la ciencia”. Hace referencia a numerosos casos históricos relacionados con las varillas de los sourciers y zahoríes. Se trata en este caso de un documento histórico del año 1641, donde hace referencia a la detención de una mujer llamada Martine de Bertereau y su marido. Les fueron confiscadas 16 varillas de metal, varios libros, además de croquis y mapas. Todo ello lo hizo el que era el gobernador de Bretaña por aquel entonces. Sin duda, y a juzgar por sus éxitos, esta mujer fue la mejor zahorie de todos los tiempos. Con la autorización del Rey y del Cardenal Richelieu –continuó leyendo–, descubrieron más de 150 minas de oro, plata, cobre, cristal de roca, en los pirineos franceses. Minas de hierro, plata, plomo, en el Condado de Foix; de carbón en Languedoc; azufre en Alaïs; minas de turquesas en Samatan; minas de granate, rubí y ópalo en Pégouliou. Varias minas más en Bretaña y Normandía.

Levantó su cabeza del libro y añadió entusiasmado:

–¡Increíble! ¿verdad? Ella utilizaba siete varillas de metal diferentes según lo que se buscara. El matrimonio acumulaba una gran fortuna, y claro, les dejaron morir encerrados en las mazmorras de La Bastilla. Imaginad quién se quedó con toda esa fortuna bajo la acusación de que la varilla la movía el demonio. –Y se echó a reír.

–El propio demonio del Cardenal –dijo Henri.

–Desde luego –continuó Armand–. Unas décadas más tarde, otro padre jesuita declaró que la vara del zahorí se mueve por emanaciones naturales y declaraba públicamente que ningún método puede rivalizar con el de la varita para el descubrimiento de manantiales de agua o vetas de carbón y minerales.

–Interesante –dijo Henri.

–En 1693 se imprimió un volumen titulado “Física Oculta, tratado de la varilla adivinatoria”, de Abbé de Valmont, donde se menciona a partículas o corpúsculos que emergen de todos los cuerpos físicos e influyen en la varita y no el demonio, obteniendo así el estatus de un Don Natural. Así las cosas –continuó Armand afirmando con cierto ímpetu– quién sabe si el mundo no sería otro, si no se hubiera encarcelado y asesinado a tantos desafortunados zahoríes y alquimistas en el pasado.

–Sí, es una lástima –dijo Juliette.

Luego Armand continuó leyendo sobre el término empleado por el autor cuando se trabaja con el péndulo a la hora de localizar el foco de una infección o de una enfermedad. Él lo denominaba Bio-radiestesia, que es la auscultación del cuerpo humano por medios psíquicos (lo que más tarde se conoció en Francia como Radiestesia Médica).

Ahora le tocaba el turno a la médium Juliette. Hizo un silencio, como para despejar el ambiente de formas de pensamiento creadas con la lectura anterior, y pasó a hablar con su acostumbrada serena expresión en su rostro. El tema trataba sobre la costumbre en el Antiguo Egipto de magnetizar tanto los alimentos, como a las estatuas de los altares, y a las personas enfermas que necesitaban de una carga extra de vitalidad.

–En aquellos tiempos –dijo–, había una escuela llamada los “Puros de Sekhmet” que practicaban una magia magnética medicinal y curativa.

Tras hablar de ello propuso que se trajera un vaso y se llenara de agua hasta el borde. Después pidió una pequeña aguja de coser y un tenedor. Cogiendo la aguja con éste y con suavidad depositó la aguja encima del agua sin que ésta se hunda, dejando que flotara por sí misma. Cuando la aguja se hunde hay que volverla a secar bien para de nuevo depositarla encima del agua con mucho cuidado. También se puede depositar sobre una pluma de pájaro o una bolita de algodón para ayudarla a que flote. Una vez que está flotando en el vaso, la aguja tiende a moverse en dirección del norte magnético, aunque no siempre, dependiendo de los objetos metálicos que haya a su alrededor. Cuando la aguja se quedó quieta, se pidió a uno de sus compañeros que respirara profundamente durante uno o dos minutos, siempre por las fosas nasales, tanto la inhalación como la exhalación. Al mismo tiempo tenía que visualizar que sus manos se convertían en dos soles de luz magnética. Tras este pequeño ejercicio visual, tenía que aproximar ambas manos al vaso suavemente y sin tocarlo, con el propósito de que la aguja que está flotando sobre el agua se mueva en una dirección o en otra. Para ello sólo tenía que visualizar bien la intención de que un fluido sale de las palmas de las manos y mueve la aguja. Así lo intentaron cada uno de ellos y ninguno consiguió que la aguja se moviera hacia ningún lado, ni a la izquierda ni a la derecha.

–Mira que me lo imagino bien –dijo Sophie–. Pues nada, no lo consigo.

–¡Por las corrientes telúricas del alineamiento de las piedras de Carnac! ¡Verás como yo sí lo consigo! –aproximó las manos Armand y la aguja se movió un poquito al principio, y todos rieron diciendo:

–Has sido tú que has soplado, dijo Sophie.

–Pero, ¡si tenía la boca cerrada!

–Sí, pero por la nariz.

–Nooo. Seamos serios. Ha sido una corriente psíquica mía.

–Sí, o de la ventana –dijeron otros riendo.

–¡Pero si aquí no hay ventanas! Hala, lo dejo –concluyó Armand–. Que pase el siguiente.

Entonces Juliette, la médium, llevó las manos lentamente al vaso y la aguja automáticamente empezó a moverse. Si movía las manos en una dirección la aguja le seguía y si movía en otra, también. Finalmente se movía tanto que terminó por hundirse en el fondo del vaso. No había ningún truco por medio.

–Tienes la fuerza de los dólmenes y menhires de Carnac –le dijo Armand–. Es increíble la corriente energética que sale de tus manos.

–No os preocupéis –dijo ella–. Con un poco de práctica vosotros también lo conseguiréis. Se trata solo de magnetismo. Esto me lo enseñó un martinista, un discípulo de nuestro gran Maestro Philippe de Lyon. Os sugiero que lo probéis en casa y lo hagáis todos los días durante un ratito tras hacer las respiraciones profundas. Pronto saldrá un fluido magnético de vuestras manos que podréis aplicar a aquellas personas que tengan migrañas, dolores de cabeza, dolores reumáticos, y con ello les aliviaréis, algo muy necesario en esta época en la que es tan difícil conseguir medicinas. Pero recordad una cosa: Enseñad a que la gente se quite sus cargas de encima, pero no para que las cojáis vosotros. Es muy importante esta diferencia. Mantened siempre un corazón templado y compasivo, ante cualquier circunstancia desagradable o injusta que os podáis encontrar. No os llevéis a casa los dolores y las cargas de los demás. Permaneced siempre neutrales en el amor al Maestro.

Después de este ejercicio, pasaron a una meditación visual, cuando en ese momento alguien se percató de que en la esquina más oscura de la habitación había una figura observándolos. Vestida de negro, con una cruz gamada a la altura del cuello, la entidad fantasmal intentaba ver, un tanto confundida y con semblante de acero y ojos vidriosos desde el rincón en penumbra.

–¡Maldita sea! Un cuerpo astral nos observa –dijo Colette a la vez que hizo unos signos en el aire y pronunció unas ininteligibles palabras. La figura desapareció en ese mismo momento. Nadie se había percatado de la figura espectral, salvo Juliette, que le hizo una señal con la cabeza a Colette.

–Menudo susto –dijo Colette, mientras los demás no habían visto nada y se quedaron silenciosos.

La Cruz de Lorena

La Cruz de Lorena

En ese momento aprovechó Armand para preguntar a su péndulo y después de un rato comentó:

–La aparición ha sido real. Son alemanes entrenados en proyección astral y en visión remota. Han intentado cazarnos, pero no han visto ni oído nada. La protección de este lugar lo ha perturbado, y por ello estamos todos a salvo.

Juliette, estaba en silencio desde hacía un rato.

–No os preocupéis –dijo–, ya he establecido mentalmente un perímetro de luz desde esta habitación de la Paz hasta llegar a los jardines cubriendo así todo el hotel. Vamos a hacer la visualización conjunta para dinamizar el símbolo de la Cruz de Lorena y de esta manera cargarla de protección y luz para los soldados y para la resistencia francesa. ¡Por la Cruz de Lorena!

–¡Por la Cruz de Lorena! –corearon todos.

Continuará…

La reunión va finalizando en el Petit Hôtel de París

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – I (Género fantástico)

El Petit Hôtel París / La Moda en París

Por RAI

EL PETIT HÔTEL PARÍS

  Caminaba por una calle de la ciudad de París mirando cómo las gotas de lluvia rebotaban en sus zapatos. Un trueno le hizo alzar la mirada. Ya estaba frente a la casa-hotel en el que había quedado con un grupo de estudios ocultistas y herméticos. Hizo sonar la campana tirando de una manivela situada al lado del letrero desgastado de porcelana azul-índigo y con letras blancas que ponía “Petit Hôtel Paris”.

 

En una calle-jardín de París

A mediados de los años 30 había una gran cantidad de grupos no-conformistas que buscaban la inspiración en libros, revistas y movimientos filosóficos relacionados con Egipto, Grecia, y los alquimistas de la Edad Media, por un lado. Mientras que otros buscaban y reflexionaban sobre nuevas ideas políticas, moda, arte y los nuevos espectáculos.

La puerta se abrió y una señora mayor de ojos verdes y cabello castaño con gruesos rizos, esbozó una leve sonrisa tras mirar a un lado y al otro de la puerta.

–Hola Henri -dijo la señora.

–Hola Colette.

Colette era mujer de René, y dueños de la casita hotel.

Francia se hallaba sacudida por la crisis financiera que azotó al mundo unos años antes, en 1929. La vida social estaba ralentizada y su recuperación se presentaba lenta, y según la médium Juliette (nombre que proviene del mes de julio y corresponde al planeta Júpiter) se avecinaba una época apocalíptica.

Pero aún sería peor para España, Alemania, Italia, Inglaterra y los Estados Unidos. Los gobernantes, como tantas veces ha ocurrido y ocurrirá en el futuro, eran incapaces de detectar con claridad lo que ocurría, ni las causas reales de la crisis. Los parisinos pasaban hambre. Los niños y ancianos eran los más vulnerables. Pero nada comparado con lo que ocurriría en los años siguientes.

Tratar en la reunión sobre qué peligros amenazaban a Francia y en particular a los ciudadanos parisinos, era el motivo de la tertulia de ese día, y también las circunstancias económicas por las que estaban pasando los dueños del pequeño Hotel París. Como cada viernes y una vez al mes, la reunión se llevaba a cabo en un salón acogedor de la parte baja del hotel. El mismo se hallaba ubicado tras lo que era una bodega de vinos, ahora llena de cajas de madera y sillas antiguas. Una pequeña puerta daba paso a la sala de reuniones. La habitación aparecía con estanterías llenas de libros antiguos, protegidos algunos con puertas de cristal y otros con cortinas de terciopelo rojo, y cajones cerrados con llave. En un lado había una gran mesa de roble rectangular, donde cabían doce personas sentadas cómodamente. Sobre ésta había distintos libros, entre ellos se apreciaba la obra de Zanoni y una esfinge egipcia de loza azul brillante del tamaño del libro.

A un lado de ésta y en un rincón, una mesa redonda con seis sillas servía de cobijo y lugar de encuentros. Aquí los amantes de los libros y de las tertulias filosóficas mostraban la esencia de sus pensamientos y reflexiones. En esta mesita se hablaba de psicometría, de radiestesia, de astrología, de quiromancia o lectura de las manos, de metapsíquica, de arqueología del Antiguo Egipto, de talismanes y piedras mágicas.

Según decían, los libros daban conocimiento, y los objetos mágicos servían para aprender a desarrollar la concentración y la meditación. Ambos eran los medios para llegar a la luz.

En la última reunión la médium Juliette dejó caer que había que prepararse mental y físicamente para un nuevo conflicto que se asomaba en el horizonte, tal y como lo había visto repetidamente en sus visiones.

También dijo, que el vulgo nada sabe de poderes sobrenaturales. La gente, como nunca ha estado preparada para un entendimiento superior, no puede acceder a este drama que se avecina. De ser así, las escuelas de iniciación y sabiduría no existirían. El poder del hombre es grande, y ha sido conocido desde que los Maestros Divinos plantaron la semilla del Conocimiento en los albores de la humanidad…

Ahora en el salón, se hallaban ya sentados en la mesa redonda la médium Juliette, hija de un comerciante de perfumes. Didier, que es un ilustrado abogado, conocedor de algunas hermandades esotéricas de Francia y Europa. Y Armand, un librero zahorí o rabdomante que usa un péndulo además de la horquilla de avellano y era un miembro de la Asociación de Amigos de la Radiestesia fundada en 1929 por el sacerdote Alexis Bouly.

 

LA MODA EN PARÍS

  La moda en París comenzaba a estar en auge. Juliette vestía con los diseños de Jeanne Paquin, de la Rue de la Paix, fallecida tres años antes en plena fama. Juliette afirmaba entrar en contacto de vez en cuando con su espíritu. La conoció en vida y la veía como una mujer fuerte y extraordinaria, que luchaba por la liberación de la mujer a través de la moda. Jeanne era también una gran admiradora de los ballets rusos y de su arte. A Juliette le gustaba llevar el abrigo quimono de sobrios colores diseñado por su admirada amiga Jeanne Paquin.

En el nº3 se hallaba la tienda de la diseñadora Jeanne Paquin.

Colette, pareja de René y dueños del Petit Hôtel París, viste de manera frugal. Lleva un vestido azul turquesa que hacía honor a sus ojos verdes, junto con una chaquetita de lana de color oscuro que cruzaba con elegancia sobre su pecho.

René, su marido, un hombre mayor, vestía humilde pero elegante, con ropa de color gris y marrón.

En cambio Henri, lleva un traje de lana color marrón, con ojales cruzados y camisa de color crema con rayas muy finas formando cuadros. Con la corbata y la gabardina, le hacían parecer un comisario de policía.

Didier, el abogado -así le llamaban-, llevaba el cabello con un buen corte a los lados y en la nuca, dejando más volumen en la parte superior para peinarlo hacia atrás, bien engominado para que no se mueva como era la moda. Viste un traje de color oscuro con pañuelo de seda en su bolsillo superior, y una camisa blanca. Un abrigo largo, guantes, y el paraguas completaban su atuendo, lo que hacía de él un hombre distinguido. Ya no se llevaba barba, y rara vez un grueso bigote tan popular en esa época. Aún así, él llevaba un fino bigote del estilo del actor Errol Flynn. Para entonces las gafas oscuras eran sinónimo de espía o tramposo, y ya no se llevaban. Eran tiempos austeros y la extravagancia estaba mal vista.

Armand el librero y radiestesista, vestía con un grueso jersey de nudos en azul marino, y pantalón de pana marrón oscuro, coronado por una boina de color índigo, bien ladeada sobre una de sus orejas.

Una vez que se saludaron, se sentaron los seis y volvieron a retomar la conversación de la última vez.

Luego se hizo una sesión de mediumnismo.

Tras las visiones, y ya de nuevo incorporada en su cuerpo físico se le acercó a Juliette media copita de ginebra para reanimarla físicamente. Tras un pequeño sorbo dijo:

–Se trata de Alemania.

–¡Otra vez los alemanes! –Espetó sin ningún tacto René (había perdido a sus padres en la Primera Guerra Mundial), y añadiendo un bufido dijo:

–¿No tuvieron suficiente con la primera Gran Guerra?

Juliette, respondió con voz casi apagada:

–El conflicto que viene no va a ser solo de oscuros uniformes militares, sino de… una inmunda pestilencia psíquica, de ¡fuerzas paranormales!

Luego con un poco más de fuerza en su voz, añadió:

–¡Algo tenebroso y oscuro se alzaba en el horizonte! Veo que la confrontación va a ser diferente a todas las anteriores de 1870 y 1914.

–Analicemos esto –añadió Armand.

El grupo compartió opiniones y comenzaban a dibujarse planes y objetivos…

En esta ocasión trataron sobre los gastos que costaba el mantenimiento del pequeño hotel. Colette y René estaban endeudados dada la situación social de pobreza que se vivía en la ciudad. Y esto les preocupaba porque estaban a punto de perderlo todo. Los bancos apretaban sus zarpas legales y el señor Didier, abogado, ya no podía contenerlos más.

Nuevo trance de la médium.

Juliette, volvió a entrar en un estado profundo de la mente. Pidió hacer un silencio. Después pronunció unas ininteligibles palabras y cayó en trance. Un fuerte trueno, de la tormenta que caía en el exterior, retumbó en toda la casa. Al poco, Juliette abrió la boca y depositó sobre una taza vacía de té, la conocida forma lechosa de ectoplasma, un fluido psíquico, que en la experiencia repetitiva de otras reuniones lo había convertido en algo ya conocido (se trataba de una sustancia blanca de composición desconocida que se produce en un estado modificado de conciencia. Una sustancia energética o etérica que se materializaba por el poder mental de la médium). Pero esta vez había algo peculiar en él. Había una luminiscencia en la masa vaporosa. Se esperó a que Juliette saliera de su trance y tomara unas respiraciones profundas. Su cara pálida, siempre que caía en trance, se volvía ahora más rojiza. Luego tomó delicadamente la taza y vertió su contenido sobre un platito, y entre la espuma ligeramente luminosa, aparecieron tres diamantes brillando a la vez que ésta desaparecía.

 

El hotel era una pequeña opción al Gran Hôtel de París

Cómo ocurrió esto merecerá nuestra atención más adelante. El caso es que todos se miraron y comprendieron que allí estaba la solución al problema del hotel. En Metapsíquica se estudia el fenómeno del ectoplasma de los médiums sin llegar a comprenderlo todavía. Curiosamente a la vez que esto ocurría en París, en un poblado de India, durante una ceremonia de fuego llamada Agni-Puja, el yogui estando situado frente a grandes llamaradas de fuego con las manos unidas frente a su pecho materializó por su boca tres pequeños lingams de cristal de cuarzo, que recogieron con una gasa de seda blanca, los sacerdotes que a su lado pronunciaban mantras en forma devota y ceremonial.

Continuará…

LA MUJER QUE ESCUPÍA DIAMANTES – II

Ayuda del otro lado /Los Tentáculos de la Bestia.

La Misión Esotérica y Espiritual de la Catedral de Notre Dame de París

Para los radiestesistas franceses y antiguos hermetistas de la Ciudad de las Luces, la Catedral de Notre Dame (Nuestra Señora) es un libro hecho en piedra con símbolos ocultos alquímicos y templarios que guarda una particular energía protectora en conexión con otras catedrales europeas y que solo los iniciados pueden interpretar.

Su ubicación en la isla de la Cité a modo de una barca, y su diseño no son casuales. Zahoríes, geomantes y constructores con gran conocimiento alquimista, participaron en su creación. Sus antenas y su geometría sagrada unida a la fuerza telúrica presente en su ubicación la convierten en una caja radiónica resonante que cubre con su vibración a los Parissis (Casa de Isis), el París de la Diosa Egipcia Isis, y todo esto mucho antes de que llegaran los romanos, claro está. De hecho, en algunos de los sitios de la Catedral y en particular en una de las capillas,  junto a su pila bautismal, se da una alta vibración medida en angstroms radiestésicos que producía la sanación de muchos enfermos. Siempre que visito París acudo a ella y a la hospedería de Nicolás Flamel.

Según la Wikipedia:

Jacques-Antoine Dulaure, un historiador del siglo XVIII-XIX, ha dado una explicación posible al origen del nombre de los parisii, asociándolo a la diosa egipcia Isis, a causa del descubrimiento de una estatua de la diosa encontrada en la abadía de Saint-Germain-des-Prés.

El escritor François Maspero afirma que el culto a Isis estaba muy extendido en Francia, especialmente en la cuenca de París. Por todas partes existían templos de Isis según la terminología occidental, pero sería más exacto decir de la «Casa de Isis» porque dichos templos fueron llamados en egipcio Per o Par, palabra que en egipcio antiguo significa exactamente ‘el recinto que rodea la casa’. París sería el resultado de la yuxtaposición de Per/Par-Isis, palabra que designa las ciudades de Egipto.

Un libro muy interesante y que se sigue vendiendo hoy día es: El misterio de las catedrales y la interpretación esotérica de los símbolos herméticos (Le Mystère des Cathédrales), escrito en 1922 y publicado en París en 1929.

Fulcanelli es el seudónimo de un autor desconocido de libros sobre alquimia y simbología del siglo XX. Fulcanelli se movió hasta los años veinte del siglo pasado por Francia y ocasionalmente por España: País Vasco, Sevilla y Barcelona. Y merece la pena seguir su saber oculto, (oculto de la mirada del vulgo).

¿A quién beneficia el incendio y destrucción de la Catedral de Notre Dame?

En el pasado se eliminaron muchos de estos símbolos y enseñanzas impresas en sus piedras perdiéndose para siempre. Ahora me pregunto qué harán los nuevos arquitectos, constructores y proyectistas carentes de todo conocimiento esotérico. Acaso, ¿van a tener en cuenta el arte, la ciencia y el saber antiguo?

¿Qué pasará ahora en París sin esta protección?

¿Qué calamidades se avecinarían si desaparecieran las catedrales y templos -de todas las confesiones- del mundo?

Se da la circunstancia de que el día del incendio se celebraba el 84 Aniversario del Pacto Roerich creado para Proteger el Patrimonio, la Cultura y el Arte de la Humanidad. Algo que los distintos Gobiernos del Mundo debieran de prestar más atención.

También la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén ardió al mismo tiempo que Notre Dame, consiguiendo controlarlo.

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